El jardín de las palabras, de Makoto Shinkai

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La unión del cielo y la tierra

Narukami no shimashi toyomite
sashi kuromi ame mo furabaya
kimi ga tomaran
Narukami no shimashi toyomite
furazutomo ware wa tomaran
imo shi todomeba*
Makoto Shinkai ha demostrado ser un cineasta con una elegancia intrínseca. La belleza de las películas que crea, siempre con una calidad impecable, llaman la atención tanto en occidente como en oriente y son varias ya las que engrosan su filmografía. Sin embargo, con Kotonoha no Niwa (El jardín de las palabras, en español), el director ha querido alejarse un poco de su dibujo habitual para explorar un estilo más realista y una historia con un toque más esperanzador y menos dramático. El jardín de las palabras es una de esas películas que dejan poso, como una taza de té.
El jardín de las palabras
En El jardín de las palabras, Takao Akizuki va al instituto por inercia. Debido esa falta de interés, se ha prometido a sí mismo que solo faltará a clases si se levanta en un día lluvioso. Cuando la temporada de lluvias empieza y las gotas le empujan a cumplir la promesa que se ha hecho a sí mismo, sus pasos lo llevan hasta un pequeño rincón de un gran parque. Un rincón en el que, inesperadamente, se encuentra con una mujer que bebe cerveza y come chocolate. «Nos volveremos a ver cuando llueva». Tras esas palabras, la relación entre Takeo y Yukino empieza a crecer a medida que las gotas de agua van cayendo.

En apenas 45 minutos se explora los sentimientos de ambos personajes. Éstos tienen que aprender a andar para seguir avanzando y es su compañía mutua la que los guía. Shinkai usa la metáfora de los zapatos, para mostrarnos las heridas internas de los personajes. Con personajes más bien sencillos, pero muy bien construidos, con diálogos cotidianos que expresan a su vez una poesía intrínseca que embellece la película y con una animación preciosista y detallista mucho más realista que sus anteriores entregas. Makoto Shinkai no deja de sorprendernos. El drama sutil, casi transparente, que veíamosen sus otras películas se deja entrever de nuevo en esta. Esta apuesta por una animación más realista coge mucha más fuerza gracias a los colores vívidos que hacen destacar la escena. Además, Shinkai juega con el entorno, con los pequeños detalles (las gotas de lluvia cayendo, el tren recorriendo la vía, vistas panorámicas, etc.) como muleta para acompañar los sentimientos de los personajes.

La tensión expresiva que muestra en todas las escenas mantiene en vilo al espectador durante la corta durada de la película. Shinkai hace avanzar el guión con pericia con escenas cotidianas, que muestran una vida y una relación que no es para nada fuera de lo común, pero a la que el director da un punto de vista original. Con ese aire claramente japonés y a la vez, con las influencias de la cultura de Occidente que llegan como un oleaje al país nipón desde hace ya 50 años, el director japonés crea una ambientación ideal para la historia, cargada de simbolismos y de un aire tranquilo que logra transmitirse al espectador con facilidad. La banda sonora también ayuda a Shinkai a expresar ese ambiente buscado, esa relajación que viene con la lluvia: los sonidos ambientales que tantas veces hemos escuchado en la animación japonesa cogen un nuevo color.

Sin embargo, esa ambientación tranquila y esa relación agradable se rompen en el dramatismo exagerado y poco natural del final de la película. Después de 30 minutos de una película totalmente creíble, con una historia triste sobre la soledad, sí, pero pero con toques de verde esperanza, el director decide romper esa atmósfera tan bien creada para meter con calzador drama casi barato, que el espectador no se acaba de creer. 

Pero pese a esa escena que rompe un poco la consonancia del resto de la película, en general es un film muy bien construido.  ¿Sabéis esas películas que te dejan con una sonrisa en la cara? De ese tipo de sensaciones estoy hablando, sensaciones que se alargan durante toda la película y que parecen reposar, una vez ha acabado, durante un tiempo en el corazón.



*Tanka que se muestra en la película, poesía que se encuentra en el Man’yoshu, una antología compilada durante el periodo Nara y principios del período Heinan.
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