La dulzura de los cerezos en flor

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Naomi Kawase ya no es una desconocida en nuestras tierras. Después de un bagaje importante de películas, algunas de las cuales han sido dobladas a nuestro idioma y vendidas en DVD, llega de nuevo a tierras españolas gracias a su última película: An, una pastelería en Tokio. Películas como Aguas tranquilas o El bosque del luto forman parte de la filmografía de la directora y que nos demuestran de lo que es capaz de hacer esta mujer con cámaras, música, muy buenos actores y una preciosa historia.

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Una pastelería en Tokio nos muestra el día a día de Sentaro, un repostero que regenta una pequeña pastelería de dorayakis (pastelitos rellenos de pasta de judías rojas (azuki) llamada “anko”) en la capital nipona. Es una pastelería muy pequeña y tiene pocos clientes, al menos hasta que llega Tokue, una anciana que se ofrece a preparar el anko del relleno que tanto se le resiste al pastelero. Gracias a la receta deliciosa, casi mágica, que cocina Tokue, la pastelería empezará a florecer y a ganar clientes.

La película de Kawase nos habla desde la humildad y sencillez de temas importantes como el aislamiento de la sociedad o el amor que puede unir a las personas que se encuentran en la vida de manera fortuita. Kawase nos muestra estos temas con una sensibilidad propia de su país y con una delicadeza similar a la de las flores de sakura, que marcarán el paso del tiempo dentro de la película. A través de los cerezos y su época de floración, podremos contemplar como la relación entre Tokue y Sentaro, junto con la joven Wakana se afianza, se hace más fuerte, se hace más profunda. Ésta es singular porque no se rige por las convenciones y reglas sociales, sino que viene marcada por la casualidad y el aislamiento social que sufren los tres. Kawase también nos habla de oportunidades perdidas y de esperanzas derrotadas por la realidad. Nos muestra, en el tono cuotidiano tan característico de la directora, como tres almas se unen para hacer frente a las adversidades diarias.

El ambiente familiar que rodea los tres personajes, que no está unidos por lazos de sangre, se ve reflejado en escenas sencillas pero cargadas de sentimiento en las que los actores muestran la complejidad de dicha relación. La actuación magistral de Kirin Kiki como Tokue no avasalla para nada a Masatoshi Nagase, quien interpreta a Sentaro. Kyara Uchida, en la sencillez de su personaje, nos muestra también una actuación compleja y muy agradable.

La forma que tiene Kawase de mostrarnos todo esto es preciosa. A través de encuadramientos y de una fotografía perfecta, con un tono suave ideal para los dorayaki, Kawase nos enseña, nos deja impresionar sin contar. La banda sonora, con toques de piano, continúa esa dulzura que podemos ver durante toda la película. Juega mucho con los silencios y con el sonido ambiental, tanto de la calle como de la naturaleza, unos sonidos que forman la banda sonora y que se entremezclan con la música de una forma deliciosa. La directora muestra una sensibilidad tan marcada, tan característicamente suya, que es imposible no dejarse enamorar por las imágenes que se ven en pantalla. A través de los cerezos en flor y de la estética que éstos nos muestran, Kawase juega con la ambientación, con la cámara y con la música de forma que todo quede enlazado de esta forma tan delicada.

El silencio, la respiración de la naturaleza, la lluvia de pétalos de sakura… son elementos que usa Kawase para intentar comprender la esencia de lo que nos hace humanos, de lo que nos une a todos como seres vivos. Los pétalos de cerezo marcan el inicio de la película, el inicio también de la relación entre los tres personajes y a través de todo un año, vemos como, al igual que los cerezos van cambiando, también lo hacen Sentaro, Tokue o Wakana. Naomi Kawase usa la cámara para explorar tres vidas totalmente diferentes que se entrecruzany que se conocen en circunstancias extrañas. A veces es lo que se necesita para conectar con el mundo, para conocer la felicidad de los pequeños instantes que se acaban quedando en la memoria.

Kawase tiene una forma muy especial de dirigir. Todas sus películas tienen este aire característico suyo, esa magia que las rodea. Es una película que te llega directa al corazón y es imposible salir indiferente del cine después de verla. El film ha ganado dos premios, el del Festival de Cannes (2015) y el del Festival Internacional de Valladolid (2015), además de tener una buena recepción en la crítica. Y es que la película lo merece.

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