Crónica por Japón: Llegada a Kansai

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Viajar a Japón es como un sueño, como entrar en una tierra llena de contrastes, de ciudades inmensas en las que los rascacielos parecen hacer honor a su nombre y zonas rurales tan silenciosas y bonitas que parecen no haber sido modificadas desde el siglo XIX. La mezcla de lo conocido, no solo por lo que hemos visto y leído en el manga, anime, literatura o cine, sino también de lo que se asemeja a nuestra cultura crea un contraste extremo con la cultura desconocida que gobierna este país lejano. Viajar a Japón es como un sueño y os quiero relataros como lo viví yo.

Hay tres clases de viajeros típicos a Japón. Hablo de turistas de toda clase, pues aunque en Japón la mayoría de turismo es interior, también hay mucho turismo asiático (sobre todo chinos y coreanos). Estos suelen entrar casi todos dentro de la primera categoría, que sería: turismo de compras. El turismo de compras se centra en las grandes ciudades, sobretodo Tokyo (para comprar ropa o merchandising de anime/manga) y Kyoto (para comprar comida y cosas más tradicionales). El siguiente turismo es un aparte del primero y sería el turismo del aficionado al manganime. Aquella gente que viaja al Japón porque le encanta el manga y el anime y por lo tanto sí va a visitar más cosas además de tiendas de merchandising. Este tipo de turismo y el tercero, el de templos, son los dos más comunes en los extranjeros. El turismo de templos se centra sobre todo en Kyoto, aunque en Tokyo también se encuentran muchos, tienen un aire diferente. Muchos de los que hacen este turismo son mochileros (y yo me incluyo en este tercero) o japoneses. Por supuesto, hay mucha gente que ronda dos categorías o que no puede meterse en ninguna, pero estoy hablando de una forma muy global. Ningún tipo de turismo me parece malo, aunque sí es verdad que había zonas abarrotadas de turistas (tanto japoneses como extranjeros).

Como ya he dicho, yo formaría parte del tercero. A mí lo que me interesaba del Japón eran sobretodo sus paisajes y su cultura ancestral. Así que quizá haya algunas cosas que os sorprendan de esta crónica (por decir alguna, el poco tiempo que pasé en Tokyo), pero todo viaje a Japón es personal y cada uno lo vive de una manera u otra.

Comenzamos el viaje en el aeropuerto de Barcelona. El vuelo Barcelona – Amsterdam iba lleno, así que la cola para el check-in fue un poco larga. Sin embargo, llegamos bien a la capital holandesa y cogimos el enlace en los 50 minutos que teníamos para ello. El vuelo de Japón no iba tan lleno y pudimos sentarnos Orfhlaith (mi compañera de viaje) y yo juntas. Después de doce horas de vuelo en las que no pudimos dormir nada, llegamos a Osaka a las ocho de la mañana.

Esta es la tercera vez que viajo a Asia y por lo tanto, la tercera vez que hago un cambio de horario tan brusco. Nunca he sufrido jet lag y creo que en parte es porque lo ideal es adaptarse al horario en el que estás rápidamente. Si esa mañana hubiéramos dormido aunque fuera un poco, ya habríamos arrastrado el jet lag toda la semana. Así que decidimos quedar con una amiga, que vivía en Osaka, y con ella visitamos toda la ciudad.

Osaka es una ciudad grande, pero en comparación con Kyoto o Tokyo, parece bastante pequeña. Lo ideal para hacer en Osaka es pasear por el centro, sin visitar nada en concreto, que es lo que hicimos nosotros: Ver la gente, ver las calles y ver también las diferentes zonas de la ciudad. En eso ocupamos nuestro día, paseando, descubriendo este país tan diferente al nuestro y asombrándonos con cada pequeña cosa. Cenamos en un restaurante de sushi rotatorio (totalmente recomendable) y dormimos la primera noche en Osaka. ¿Recomiendo dormir en Osaka? Depende de lo que queráis ver. La noche en Osaka fue la más barata (y eso que dormíamos en una habitación privada cada una), pero también es verdad que excepto pasear por el centro y el castillo, poco más hay que ver en la ciudad.

Al día siguiente nos despertamos temprano para visitar el castillo de Osaka. Nuestra intención era ver el castillo temprano y luego coger un tren hacía Kyoto (que está literalmente al lado de Osaka). Los jardines del castillo (incluyendo el foso que separa la zona principal con el resto) valen mucho la pena, aunque sea para darse un paseo antes de visitar el edificio en sí. Pero por supuesto, la principal atracción es el castillo, construido en el siglo XVI y, como todo en Japón, restaurado decenas de veces. La mejor época para verlo es, por supuesto, en primavera. Pero nosotras tuvimos que conformarnos con ver los pinos de un verde intenso, que rodeaban el castillo.

Hacía mediodía ya estábamos en un tren dirección a Kyoto, comiendo oniguiris (fueron la base de nuestra dieta) para pasar el hambre. Esperábamos un viaje de una hora, pero en unos 25 minutos ya estábamos llegando (tan pronto que casi nos quedamos en el tren pensando que aún no era la parada). Después de dejar las maletas y hacer el check-in en el hostal, ya era demasiado tarde para ver templos. Porque sí, en Kyoto, los templos cierran a las 16h. ¡A las 16h! Sin tiempo para ir al Kinkaku-ji (que era nuestra idea principal), tuvimos que elegir un templo que no cerrara por la tarde y por proximidad, acabamos visitando Fushimi Inari. Para los que no sepáis qué es, es un templo dedicado a Inari, el dios o la diosa de la fertilidad, el arroz, las cosechas y los zorros. Seguramente lo reconoceréis como el templo de los mil torii. Mi consejo es que no hagáis como nosotras y vayáis de noche, porque nos fue imposible llegar hasta la cima de la montaña. Una pena, pues nos habría encantado, pero ya estaba anocheciendo cuando llegamos a la mitad del camino. Mi consejo es que si queréis ir al templo y subir a la montaña, vayáis muuuy pronto (en plan a las 6.30-7) para poder visitar el templo casi a solas y ver la luz del amanecer entre los mil torii.

 

El porqué de tantos torii puede explicarse por la deidad a la que el templo está dedicado. Inari fue visto/a (era una deidad multiforme) como la patrona de los negocios y por eso, todos los hombres que emprendían uno o que deseaban prosperidad en ellos donaban al templo un torii.

Esa noche habíamos quedado con unos amigos que llevaban ya un tiempo en Japón viajando y fuimos a Pontocho, uno de los cinco barrios de geishas de Kyoto. Por desgracia, no tengo fotos de ese barrio ya que la batería de la cámara murió. Después de cenar en un restaurante delicioso, decidimos (como ya habíamos pensado) pasar un par de horas en el karaoke. Si habéis leído algún manga slice of life, seguramente habréis visto lo curioso de los karaokes japoneses. Son edificios que constan de varias habitaciones privadas con una televisión y un aparato de karaoke y es ahí donde puedes cantar. Nada de vergüenza ajena ni de muestras públicas. La verdad es que esa intimidad a mí me gusta y nos lo pasamos muy bien (aunque no pudimos cantar apenas canciones en japonés por no poder poner el menú en romaji).

Tengo una muy buena impresión del primer contacto con Japón. La zona de Kansai es, para mí, de las más interesantes del país y empezar por Osaka-Kyoto fue ideal.

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