Entre dos tierras

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Clasificar la literatura (y cualquier arte en general) siempre ha sido complicado. Podemos perdernos en mil subgéneros y mil subtipos de literatura, pero al final lo que importa es lo que esta nos cuenta. En el caso de Ishiguro, clasificarlo como literatura japonesa puede ser más complejo pese a que su nombre y su origen nos digan que es de dicha país. ¿Es literatura japonesa cuando se escribe en otro idioma? ¿Cuándo no se habla de temas nipones? Sin embargo, en mi opinión, Ishiguro sí tiene un carácter y un trasfondo japonés. Nacido en Nagasaki y criado por una familia de japoneses, este autor ha crecido con los valores de un país que, aunque lejano para él, estaba muy presente en su vida. La pálida luz en las colinas es quizá uno de sus libros más japoneses y aunque parece relatar temas muy cercanos a él, sí podemos ver una cierta melodía que nos recuerda a la literatura del país nipón.

Etsuko acaba de vivir una tragedia: su hija mayor se ha suicidado en un apartamento de Inglaterra, lejos de ella. Su hija menor, Niki, vuelve de Londres a pasar unos días con Etsuko para animarla. A través de los pensamientos y recuerdos de Etsuko de una época muy lejana, podremos ver también el dolor de la pérdida y el cicatrizar de unas heridas que, en realidad, tienen ya muchos años.

Ishiguro nos entrelaza dos historias en una y nos muestra, con ello, dos imágenes muy diferentes. Por un lado, la postguerra japonesa, el momento de la humillación y la pérdida que sintieron todos los japoneses. Etsuko, la protagonista, vive en Nagasaki, así que podemos ver a través de sus recuerdos una ciudad que vuelve a levantarse pese a la tragedia. Gracias a este tono sutil, Ishiguro no nos muestra el dolor directamente, sino que lo saboreamos en expresiones de la protagonista, en diálogos, en escenas escondidas. La tragedia, por lo tanto, se puede saborear y hasta masticar, pero en ningún momento es visible totalmente.

Los recuerdos de Etsuko nos dan una visión totalmente subjetiva de este momento en la historia japonesa. Etsuko, quien ha vivido una tragedia, como la mayoría de los habitantes de Nagasaki, y que aún así intenta avanzar. La melancolía que desprenden las palabras de Ishiguro están mezcladas; tenemos, por un lado, la melancolía de un pueblo que ha perdido mucho y, por otro, la melancolía de la propia Etsuko al recordar su pasado. Esta melancolía es casi el leiv motiv de toda la historia y nos traslada a la mente y los recuerdos de una mujer de cincuenta años que contempla su vida desde la distancia y desde la presencia de una pérdida mucho más dolorosa y cercana. Esta característica de primera persona también nos da la oportunidad de conocer a Etsuko totalmente, de que ella abra su corazón a los recuerdos y por lo tanto, podamos visualizar todos sus sentimientos. Ishiguro trabaja bien recreando los recuerdos de la mujer y dejando ver siempre la dualidad de la memoria.

ishiguro

La historia, dividida en dos, nos ofrece también el visualizar dos generaciones completamente diferentes. Vemos a Niki, la hija mestiza de Etsuko con un inglés. Por otro lado, a la propia Etsuko de joven. Este cambio generacional no lo vemos solo en la edad y en el cambio de época, sino también lo vemos en el contraste entre dos culturas muy diferentes en épocas muy diferentes. La Etsuko del pasado tiene unos valores y un trasfondo totalmente diferente al que ha recibido Niki. Esta dualidad seguramente es algo que ha vivido el propio autor, navegando entre dos países. Este cambio generacional lo podemos ver también en los propios recuerdos de Etsuko, pues nos narra una época en el que su suegro estaba viviendo en su casa. Así, las costumbres de un Japón antiguo que se perdió con la bomba atómica (y que ya estaba en vistas de perderse antes) se ve reflejado en este anciano que visita a su hijo, en contraste con su hijo y con la propia Etsuko, hijos de la bomba, jóvenes que han vivido el cambio cultural en sus propias pieles. Esto es, quizá, lo que más llama la atención de esta novela e Ishiguro muestra con mucha fluidez y una narrativa bonita dicho contraste.

Aún así, el libro no ahonda profundamente como podría hacer. Ishiguro mezcla esta bonita melancolía de Etsuko con la historia que ella cuenta, una historia con toques de suspense que no se sostiene por ningún lado. Aunque es agradable leer sobre Etsuko y sobre sus pensamientos, en cuando entra en escena Sachiko y su hija Mariko, la novela se diluye un poco entre temas. No llega a profundizar en ninguno de los dos y da la sensación de que el autor no tenía claro hacia qué dirección enfocar la novela. Esta falta de enfoque se ve en casi todo el libro y llega un momento que se hace pesada. El final abierto es un broche agradable para el lector, pero no logra borrar el sabor agridulce que deja toda la novela.

Aunque Ishiguro es un autor japonés, al menos en mi parecer, pues aunque no siempre trata de temas nipones y no siempre nos muestra pedazos de su cultura, ese trasfondo con el que creció está en todas sus novelas y podemos ver la sutileza tan característica de los japoneses en muchas de ellas. Sin embargo, esta es para mí,  de las tres que he leído, la que más nos acerca a una cultura de la que él mismo estuvo alejado tanto tiempo. Es, quizá, la más sincera de todas.

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