Las mentiras de Dios según Ozaki

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Si algo viene demostrando Milky Way desde que empezó su recorrido como editorial por España es que ofrece manga alternativo muy interesante. Sus apuestas son interesantes, series cortas o tomos únicos. Estos últimos no suelen funcionar tan bien como las series más largas, pero a mí personalmente me gustan mucho, pues la idea de poder leer una historia sin esperar la continuación siempre ha ido conmigo, por muy corta que esta sea. Sin embargo, explicar una historia compleja en un manga autoconclusivo es complicado. Los dioses mienten, historia corta de Kaori Ozaki, cumple esto con creces.

Natsuru, un chico guapo que acaba de transferirse a una nueva escuela, tiene once años y su sueño es convertirse en futbolista profesional. Un día de verano descubre el secreto de Suzumura, una compañera de clase silenciosa y extraña; descubre que vive sola en una casa deteriorada, cuidando de su hermano pequeño y de todo lo que concierne a las faenas del hogar. Cuando Natsuru se salta el campamento de futbol en el que tenía que pasar varios días, acaba viviendo en casa de Suzumura con ella y su hermano pequeño.

Ozaki nos trae un relato con una sencillez apabullante. Los dos personajes se encuentran casi por casualidad y desde ese momento confluyen como el agua. La relación que tienen ellos dos (y el hermano de Suzumura) contiene todo el peso del manga y de la trama: Su relación hace que ambos evolucionen, que cambien y crezcan. El haber hecho que los dos niños tengan la misma edad, esa edad en la que el cambio es inevitable y en el que todo es confuso, hace que este manga tenga aún más fuerza. La riqueza de personajes que tiene la obra es una de sus claves para llegar al lector y este fácilmente empatiza con Natsuru, con Suzumura y con su situación.

Ozaki construye maravillosamente la historia, sin dejar fisuras entre los cinco capítulos que la componen. El tema trágico que empezamos a intuír en las primeras páginas y que va profundizándose a medida que avanza el manga, lejos de sobresaturar la historia de drama, está bien contado y al verlo desde el punto de vista de niños de once años, deja un poso a la reflexión muy interesante. La madurez de Suzumura contrasta con la experiencia que vive y eso le da un aire aún más desolador al manga. El carácter entrañable del manga no se pierde por esto y se alarga hacia el final. Quizá el único defecto que le veo a este manga es justamente eso, el final es algo precipitado y deja con un sabor agridulce, pues las aguas vuelven a su cauce sin llegar a explotar bien la trama. La dulzura de la infancia se mezcla con la confusión de la madurez y nos muestra también, como el toque agrio de esta novela, la tristeza de superar la pérdida de un ser querido.

El dibujo es uno de los puntos fuertes del manga. Esta sencillez de la que he hablado en toda la reseña se ve influenciada también por el dibujo. Viñetas con escenarios algo planos pero que le dan protagonismo a las expresiones y sensaciones. Personajes muy bien caracterizados, con una riqueza de expresiones justa e ideal para lo que quieren transmitir. Una ambientación agridulce, como el manga, que explora a la vez la belleza de la niñez y el miedo de la madurez. El tono fresco del manga va a la par de la época en la que sucede (verano). Dibujos grandes, visibles, que juegan mucho con los silencios. Pese a tratarse de un manga autoconclusivo, Ozaki se toma su tiempo para contar la historia que quiere contar.

Milky Way se va colando y asentando en el mundo editorial de manga Español con firmeza. Y es que con obras como esta, demuestran que es una editorial que prioriza la calidad frente a la cantidad.

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