Crónica por Japón: Ciervos y bambú

0

Esta tercera entrada es la última dedicada a la región de Kansai. Aún nos quedaban dos días, pero aprovechamos la cercanía de Arashiyama o Nara para visitar zonas exteriores a la antigua capital.

De nuevo nos despertamos temprano, pues esta vez nos tocaba acercarnos a Arashiyama. Con un golpe de tren, en media hora estábamos en la pequeña estación ideada especialmente para aquellos que quieran ver las dos principales atracciones de la zona: El templo Tenryu-ji y el bosque de bambú que lo rodea. Nosotras decidimos empezar por el templo y no nos equivocamos: El templo es una preciosidad y su jardín, uno de los más aclamados de Kyoto. Además, vimos una diferencia que nos encantó del resto de templos que visitamos durante nuestro viaje y es que en este la visita por el interior del templo está permitida. Así, dejamos que nuestros pies descalzos notaran el tatami y la madera por donde los bonzos paseaban años atrás, mientras nos relajamos contemplando el estanque lleno de carpas. Es en estos momentos cuando uno realmente puede trascender al pasado, o al menos, intentarlo.


El templo está justo al lado del bosque de bambú, así que cuando salimos, nos encontramos las largas cañas verdes y, por desgracia, la cantidad masiva de gente. Es imposible contemplar el bosque con calma y ya no digamos hacer fotos sin el flujo constante de gente. Un camino guía entre las cañas de bambú a todos los turistas y el recorrido no dura más de cinco minutos. Algo decepcionante, sobre todo después de todas las fotos que habíamos visto antes de ir. Decidimos pasear por la zona, pues no nos daba tiempo de ir a ver a los monos en lo alto de la montaña, ya que habíamos organizado ya todo el día. Así, llegamos a un mirador donde pudimos contemplar un precioso valle. Y, por fin, calma y tranquilidad.

Queríamos aprovechar bien el día, así que volvimos a coger el tren, esta vez para bajarnos en la parada cerca del castillo de Nijo. Este es el conocido castillo que construyó Ieyasu Tokugawa en 1603 como su residencia habitual. Entramos por la puerta Karamon, decorada en oro y madera y entramos en el castillo, donde pudimos pasear por todas sus salas bellamente decoradas y pisar el suelo de ruiseñor, los suelos que, da igual como los pises, chirrían. Pero no solo el castillo es interesante en el castillo, pues los jardines que lo rodean también son impresionantes. Pasear por entre los dos castillos, con el esplendor de los jardines ancestrales rodeándonos, fue uno de los placeres más bonitos que vivimos durante nuestro viaje. El castillo de Tokugawa está separado por un muro y una puerta con el palacio Honmaru. En este sí no se puede entrar, pero pasear por sus jardines es igual de gratificante.

Acabamos la noche en Gion, aunque el paseo se nos hizo corto pues estábamos cansadísimas y el tiempo, que no acompañaba, hacía desistir a las posibles maikos que nos habría gustado encontrarnos. El barrio es ideal para pasear en el atardecer y cuando anochece, las luces iluminan las calles con un tono rojizo precioso. Sin embargo, nosotras no pudimos disfrutarlo en todo su esplendor y al final, agotadas, decidimos ir a cenar i a descansar.

El día de nuestra excursión a Nara empezó a llover. Un tren, en apenas media hora, nos llevó hasta la pequeña ciudad. Los trenes que conectan Nara, Osaka y Kyoto están muy bien, tanto de precio como de periodicidad y la verdad es que en todas las ocasiones que tuvimos que coger tren por Kansai, viajamos muy cómodamente.

Nara es una ciudad cercana a Kyoto, una visita obligada para los amantes de los animales y los templos. En Nara, además de alguna calle principal, lo que todo turista busca es el parque de los ciervos. Con unos 1500 ciervos, este animal es sagrado para los japoneses y campa a sus anchas por todo el parque. Se dejan tocar y sobretodo, se dejan alimentar, pues eso es realmente lo que buscan de un humano: Las galletitas de ciervo que los japoneses astutamente venden. La verdad es que son una especie de animal preciosa y pasear por un parque rodeado de ciervos fue una de las experiencias que recuerdo con más cariño. Acariciarlos, cuando se dejaban, aún más. Los ciervos de Nara no tienen miedo a nada, así que se dejaran tocar y no solo eso, consideran tanto que ese es su espacio que no es raro encontrarlos en medio de la calle o cruzando una carretera sin sentir el peligro.

En el parque de Nara se encuentran también algunos templos de interés. Además de las pagodas que puedas encontrarte al pasear, el templo que despierta más interés en los visitantes es el Templo Todaiji, la construcción de madera más grande del mundo que alberga en su interior un gran buda sentado. Una vez nos hubimos cansado de acariciar a los ciervos y engordarlos con las galletitas de arroz, nos acercamos al templo. La visión de este buda se puede hacer algo pequeña si has visto estatuas más grandes, pero aún así impresiona la majestuosidad de la estatua. El templo en sí también cortaba la respiración y pese a la lluvia, pudimos disfrutar de la visión. Después del mediodía, la llovizna que nos había acompañado todo el día arreció y nos informaron que había un tifón cerca de ahí. Fuimos a comer a una cafetería cercana, pensando en aprovechar las pocas horas de luz. Sin embargo, los ciervos se pusieron notablemente nerviosos por culpa del tifón y tuvimos que dejar Nara antes de lo previsto, sin poder visitar otros templos que hay en el parque.

Después de llegar a Kyoto de nuevo, esta vez sumergidas en la cortina de agua que caía del cielo, fuimos a cenar a una taberna que no estaba cerrada aún (era considerablemente tarde) y fuimos a dormir, sabiendo que al día siguiente lo que nos esperaba, sobretodo, era un largo día de trayectos en tren.

Share.

About Author

Leave A Reply