El marino que perdió la gracia del mar, de Yukio Mishima

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Que Yukio Mishima es un autor que nos encanta en El peso del aire no es ninguna sorpresa. Al contrario, esta no es la primera reseña que publicamos de este magnífico escritor ni será la última. Cuando hablamos de un autor tan prolífico como este, indagar en su bibliografía siempre puede traer sorpresas, libros que van a gustar más y libros que van a decepcionar. El marino que perdió la gracia del mar entra perfectamente en el primer grupo. Esta novela corta de Yukio Mishima, de apenas 200 páginas, se hace asequible fácilmente para cualquier lector que guste de la literatura japonesa y una buena puerta de entrada para aquel que no lo conozca.

Fusako Kuroda, una viuda que vive sola con su hijo Noboru, conoce a Ryuji un día que van a visitar el carguero en el que éste trabaja como marino. Esta interacción a tres bandas dará el pistoletazo de salida a una relación cargada de complicaciones en las que Fusako se une sentimentalmente a Ryuji y en la que Noboru, como parte oscura del trío, ve al marinero como dueño de una luz propia que lo asombra. Esta relación que en un principio parece temporal, sutil, casi irreverente, cambiará la vida de los tres.

La intrincada relación de los tres personajes queda clara en el primer instante de la novela, en el primer momento en el que Noboru contempla la escena de intimidad de su madre y Ryuji. A partir de aquí, esta admiración que siente el joven, que está entrando en la adolescencia, se irá mezclando con la propia decadencia del héroe que pierde su razón de ser. Los tres personajes están, de hecho, situados en un momento confluyente de su vida, en un instante importante, en la frontera entre una etapa y la siguiente. Noboru, con ese inicio de adolescencia en el que se siente superior y contrario al mundo que lo rodea. Ryuji, una persona solitaria y arisca que sólo se ve tranquilo en el mar pero que, de repente, olvida como sentirse melancólico de este. Olvida su repulsión a la tierra al conocer el cuerpo de Fusako. Y esta, una mujer femenina, deseable, una mujer hecha a sí misma, superviviente de la muerte de su marido y superviviente, a su vez, de los cambios desatados en Japón.

Los elementos que usa Mishima recurrentemente vuelven a aparecer con la misma fuerza. El dorado, que el autor usa constantemente para asociar a Ryuji, o la misma pureza, la figura del héroe que pierde su sino y que nos muestra, de esta forma, un paralelismo con el Japón que vivió Mishima. El marino, que solo se siente cómodo y real en el mar, pierde su esencia poco a poco entre las piernas de Fusako y así, pierde también su inocencia, pierde su luz y su madera de héroe. El personaje de Noboru, de esta manera, es ese personaje que está a la sombra del oro, de la belleza perfecta e innata. Así, juega un papel de espectador muy importante, pues en el momento en el que el espectador deja de serlo, la trama cambia, se profundiza. Como espectador, contempla y descubre la gloria de Ryuji, descubre su resplandor y es por eso que confía en él, que cree en él, pese a que Ryuji, constantemente, no deja de decepcionarlo.

Noboru, además, forma parte de un grupo de adolescentes. El elemento de muchacho adolescente perdido y torturado que tiene una idea de la vida y la muerte muy distorsionada se repite en varias novelas. En este caso no es solo Noboru, también entran en coalición sus amigos, personajes que viven en un mundo totalmente desfigurado. Convencidos de tener la razón, se muestran al mundo de forma desapasionada, en busca del sentido de una vida adulta que no entiende y que está en constante cambio desde su infancia.

La figura del mar es muy interesante en esta novela, pues el autor juega constantemente con ella. No solo hace de background en toda la novela, buscando el sonido, el olor, el movimiento, la melancolía que transmite el oleaje, sino que Mishima también lo usa como figura retórica, como elemento dorado. Además, el autor juega constantemente con la figura del marino y por lo tanto, con la figura de aquel que añora la tierra pero que tiene su hogar en el mar. Esta contraposición con la que juega Mishima es constante, sobre todo cuando el narrador se centra en Ryuji. Entonces podemos ver ese contraste no solo en la figura del marino, sino también en sus recuerdos. Ryuji se encuentra, cuando está en tierra, en que no sabe cómo expresar lo que le transmite el mar.

La clave de la novela, sin embargo, es la pluma de Mishima y su manera de narrarnos la historia de una manera tan desapasionada, tan distante y a la vez tan rigurosa y bien construida. Al lector no le da la sensación de involucrarse con sus personajes, a quien ve desde fuera, y sin embargo siente que estos son muy reales. El autor juega con la imparcialidad de su narrativa (de la misma forma que jugaba con la arbitrariedad en Confesiones de una máscara) para mostrarnos el pensamiento de los tres personajes, la complejidad de cada uno de ellos en su total. Y con esta frialdad describe las escenas más cálidas y también las más duras. El libro está cargado de una dureza narrativa y a la vez de una belleza inherente, que se traspasa entre las palabras de Mishima, entre las imágenes y los paisajes que nos muestra. El autor le deja el relevo al lector y con ese relevo, acaba la historia, dejando el final a la interpretación de la mente oscurecida del lector.

Esta es una de las novelas más conocidas del autor nipón, al menos en nuestro país. La edición de Alianza está muy cuidada y, sobretodo, muy bien traducida. Esta editorial, encargada de publicar la mayoría de obras de Mishima, nos acerca una muestra de la bibliografía del autor que merece mucho la pena y que caracteriza, en varios elementos, al resto de novelas de Mishima y, aún así, es diferente y compleja a su manera. Muy recomendable para cualquier lector que busque una lectura compleja y estructuralmente muy bien construida.

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