El rumor del oleaje, de Yukio Mishima

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Yukio Mishima se ha ido convirtiendo, poco a poco, en uno de mis escritores preferidos. El hecho de haber publicado ya varias reseñas de obras de este autor en la página es solo un indicio de lo mucho que me fascina, tanto su vida personal como su obra a través de las palabras y sus libros. En todas las obras que he leído de Mishima, el autor presenta una complejidad, tanto literaria como argumental, que fascina y maravilla. Sin embargo, en El rumor del oleaje, y pese a todos sus aciertos, no ha logrado conjurar ese hechizo que me mantenía atrapada en sus otras lecturas: Lejos de negar la calidad al libro, tengo que admitir que su historia no me ha arrastrado hacia las profundidades como los demás.

Shinji y Hatsue se enamoran a primera vista. Él reconoce la belleza espectacular de Hatsue, una belleza que no había visto nunca en nadie más. Ella ve la fortaleza y hombría del muchacho, que poco a poco va convirtiéndose en marino. Ambos se conocen en la isla de Utajima, una isla apartada del ritmo que sigue el mundo, donde los cambios parecen llegar a cuenta gotas y donde los habitantes siguen las tradiciones de sus antepasados. Una isla y unos habitantes anclados en el pasado. Estas son las pinceladas de esta novela romántica de Mishima.

Si algo acierta Mishima en esta novela es la ambientación que crea desde buen principio de la novela. La isla de Utajima, donde transcurre casi toda la historia, es una isla pequeña, aislada y rural. Con solo un par de páginas, Mishima nos sumerge de lleno en esta ambientación y es que la Isla es un personaje más, un elemento que juega un papel importantísimo en la historia, pues no solo crea el ambiente donde Shinji y Hatsue se conocen, sino que también determina sus vidas, sus creencias, su educación. El ambiente cerrado y antiguo de la isla es tan importante para la trama como los dos personajes principales. A través de las doscientas páginas que dura el libro, podemos conocer bien las costumbres de Utajima, su geografía y sus pequeños secretos. El dios al que rezan, la profesión de las mujeres, los pequeños personajes que la pueblan. Este elemento es, por lo tanto, el elemento más importante en toda la historia pues nos crea un marco en el que encuadrarlo todo.

El mar es otro de los elementos que influye notablemente en el transcurso tranquilo de la trama. Mishima ya ha demostrado la fascinación que sentía por el mar en otras obras (tales como El marino que perdió la gracia del mar) y en esta, el mar está presente constantemente. Su rumor se puede escuchar durante toda la historia de amor de Shinji y Hatsue. Su influencia afecta a todos los habitantes de la isla: Shinji y sus aspiraciones profesionales, las mujeres que se sumergen, en busca de algas, cada verano. El faro, donde los dos amantes se encuentran… el mar lo es todo en esta novela, es la frontera que separa la isla del mundo exterior, que todos los habitantes parecen desconocer (un mundo con tranvías y cines) y que se hace lejano e inalcanzable. El pequeño oasis en el que viven y que ellos no consideran de tal forma, es la única realidad que ellos conocen.

De nuevo, Mishima juega con temas de los que ya os he hablado en otras reseñas y sin embargo, en este caso los aparta para dar protagonismo a la relación amorosa entre Shinji y Hatsue. Y aunque el tono romántico es acertado, se nos hace insípido en su convencionalismo y en el momento en que no empatizamos con él. La relación de los amantes no sale de lo establecido y que pese a contener sentimientos pasionales, la frialdad con la que Mishima nos la describe provoca que no logre llegarnos al lector. Llega un momento que nos sentimos congraciados con Shinji o con Hatsue, pero que no llegamos más allá, una frontera que la empatía no logra superar.

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