Laberinto de hierba, de Izumi Kyôka

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Hay pocos escritores capaces de ahondar en el alma humana de manera tan atrevida como para perderse en laberintos oscuros y tramposos. Un vistazo a este laberinto ahuyenta a cualquiera y le quita el valor al atrevido. Izumi Kyoka es uno de esos autores que, no solo se ha atrevido a caminar el laberinto, sino que vive en él. Me permitiréis la analogía para hablar de un relato que, como bien el nombre indica, trata sobre laberintos, sobre el alma humana y sobre misterios que rodean la vida de los personajes. Estoy hablando de Laberinto de hierba (Kusa-meikyu, 1908), publicado en 2016 por Satori Ediciones.

Hace unos meses asistíamos a la presentación de Iván Díaz Sancho, traductor de la obra, en la librería Haiku de Barcelona. En este encuentro Iván nos comentó muchos detalles interesantes de Laberinto de hierba, pero quizá uno de los más jugosos fue que él necesitó ayuda de una especialista en Kyoka, cuya tesis de doctorado va sobre el autor. Según Iván, el lenguaje de Kyoka cristaliza un japonés arcaico con moderno, creando kanjis raros y muy poco comunes. Tanto es así que en Japón, poca gente es capaz de leer las obras de Izumi Kyoka sin necesidad de un diccionario o ayuda externa. Por eso, Iván Díaz nos dijo algo que recordé durante mi lectura de la novela: somos muy afortunados por poder leer este libro, ya que la mayoría de japoneses no pueden por su dificultad narrativa.

“Se dice que Okuzure, el Gran Despeñadero de Miura, es un lugar maldito.”

Laberinto de hierba es una novela que destaca por varias razones. Su autor, Izumi Kyoka, es considerado uno de los padres de la novela gótica japonesa, además de ser uno de los autores más destacados en relato breve en Japón. Sus textos, además de estar escritos con el ya mencionado “japonés extraño” que embellece la narración, están cargados de elementos característicos, como la ambientación sobrenatural, la presencia de lo extraño dentro de lo cotidiano, el contraste entre la luz y la sombra. Laberinto de hierba presenta la enigmática búsqueda del protagonista, Akira Hagoshi, por recordar la canción infantil que le cantaba su madre de pequeño. Le acompaña el monje Kojiro y ambos se adentrarán en el bosque de la ciudad de Akiya, donde acabarán en una mansión embrujada conocida por los lugareños como la Puerta Negra. En este lugar, Akira cree que puede encontrar la respuesta a su búsqueda obsesiva.

Akira funciona como alter ego de Izumi Kyoka. Su motivación parece ser la de recordar la letra de la canción, pero esto no deja de ser una metáfora por la búsqueda del ser querido ausente. Es esta ausencia de su madre (algo recurrente en los relatos de Kyoka), lo que condiciona toda la novela y a los personajes. Akira se verá envuelto en enigmas, laberintos compuestos de sentimientos y de la propia narración del texto. El contexto destaca por tener fuerza y ser impactante. Kyoka imbuye a los escenarios de personalidad propia, repletos de historias mudas que pocos recuerdan. Estos funcionan en la historia como un elemento base para el desarrollo de la trama, algo común en los textos de Kyoka, como en Sobre el dragón del abismo o El santo del monte Koya.

“Al viejo le sudaba hielo por la cabeza. Más que miedo o disgusto, sintió pena; apartó los pies desconcertado. Pero al instante, de forma automática, volvió a apoyar un pie sobre la mujer, que emitió un gemido: «¡ay!». Del susto, sacó la pierna como pudo, pero entonces el otro pie tomó el relevo. Aterrorizado, se puso aún más nervioso si cabe; y cuanto más azorado estaba, con más fuerza pisaba, apoyando todo el peso sobre el cuerpo de la mujer, que se echó a llorar, «gu, gu», vomitando sangre por la boca a borbotones.”

Podríamos catalogar a Kyoka como autor de terror (gótico), pero eso sería simplificar demasiado, pues su narrativa está repleta de matices. Por supuesto en la novela hay momentos terroríficos, como la aparición de fantasmas o de lugares extraños y ominosos, y la sensación perpetúa que hay “algo” que no logramos entender pero que sí nos entiende a Akira y a nosotros. Izumi Kyoka es uno de los mejores ejemplos de lo poderosa y evocadora que puede llegar a ser la literatura japonesa, no en vano es un arte que se ha cultivado desde hace siglos en este país. Los textos de Kyoka son algo más que palabras, los personajes, las escenas, y los escenarios parecen salir de las páginas, cobrar consistencia y envolvernos. Laberinto de hierba no es una lectura demasiado exigente, pero sí envolvente, por lo que sumirá al lector en una profunda concentración lectora. Cabe destacar, como broche final, la exquisita edición de Satori, incluyendo un prólogo del traductor al inicio del texto; además de la excelente e impresionante traducción de Iván Díaz, que ha realizado un trabajo enorme de documentación y donde se nota el cariño puesto en la obra. Si este mes podéis leer solo un libro, debe ser este.

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