Destellos de luna. Pioneros de la ciencia ficción japonesa, de Daniel Guilar.

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La ciencia ficción japonesa parece que vive de unos cuantos tropos. Algunos clichés vistosos como monstruos enormes, grandes robots o desarrollo de tecnologías bélicas que en muchas ocasiones van de la mano con diferentes tipos de poderes psíquicos o fuerzas paranormales. Muchos hemos crecido con Mazinger Z y Doraemon, dos tipos diferentes de robots, pero robots al fin y al cabo. En Destellos de luna. Pioneros de la ciencia ficción japonesa, Daniel Aguilar hace un repaso exhaustivo y minucioso de los origines de la ciencia ficción nipona hasta mediados de los años 60 del siglo pasado. Daniel revisa la literatura, el cine y el manga, los tres pilares en los que se sustenta este género. El ensayo, de unas 400 páginas, lo ha publicado la editorial asturiana, Satori. La edición cuenta con una cantidad enorme de material gráfico, así como la propia calidad de edición a la que nos tiene acostumbrados Satori.

Es sencillo situarse en el contexto histórico debido a las referencias históricas y al tipo de discurso de Daniel Aguilar, saltando de autor en autor, comentando la época histórica y qué autores occidentales eran influencia en ese momento. El libro está dividido en cinco partes diferenciadas, con una introducción que resuelve de un plumazo el nacimiento del fantástico y la ciencia ficción en Japón, desde los primeros mitos nipones en la literatura hasta las primeras obras que iban surgiendo con modestia. La siguiente sección habla sobre la especulación bélica de lo extraño, la amenaza extranjera que se cierne sobre el país, es decir, Occidente. Hay que pensar que el colonialismo japonés, con las guerras sino-japonesas estaba en pleno apogeo. Hay un capítulo dedicado por entero a la figura de Jizzo Unno, además de varias de sus obras traducidas por primera vez al castellano y que son casi inéditas incluso en japonés. La segunda Guerra Mundial deja mella en Japón, Godzilla, el terror nuclear, se cierne sobre el país en forma de monstruo gigantesco, y la ciencia ficción especula y se adapta a ello, tanto de forma bélica como filosófica. Japón ha perdido, pero las nuevas generaciones de japoneses todavía pueden defender el país. La tecnología maravillosa y mágica acude para socorrer a Japón.

La influencia de occidente es clara, pero a la vez da la sensación que Japón quiere resistirse a ello. En esta última sección, Aguilar ya aborda los años 50 y aquí caen nombres quizá más conocidos, como Kobo Abe, Atom, de Osamu Tezuka, o Mazinger Z. Esta última sección es quizá la que me ha parecido más interesante, seguramente por la nostalgia, ya que aquí sí conocía nombres de obras y autores. Ver la información ordenada de forma cronológica y  formando un discurso ha sido revelador. Daniel Aguilar, por lo tanto, describe una evolución del género de forma cronológica y su discurso se vertebra saltando de occidente a Japón y viceversa, la retroalimentación es obvia, claro, a Japón, la tradición no llegó tarde, y llegó con fuerza, pero parece que los elementos clave o base de esta ciencia ficción nipona ha estado siempre ahí. La especulación bélica, las ganas de descubrir nuevos horizontes, el militarismo presente como defensor de país (y en ocasiones invasor), las nuevas generaciones como renovación del país (La Segunda Guerra Mundial fue un punto de inflexión en la historia de Japón y en su cultura tan grande como La Restauración Meiji). Un ensayo escrito en clave coloquial y no académica, pero que sí demuestra una gran labor de investigación, como comenta el propio Aguilar, que le ha llevado a conocer a grandes figuras de la ciencia ficción nipona. Quizá, me hubiera gustado ver un punto de vista del fandom, o del público lector japonés, pero claro, este libro va sobre los Pioneros de la ciencia ficción japonesa, y no sobre “La historia ciencia ficción japonesa” en general. Por mi parte, espero una segunda parte de Destellos de luna, comentando films más actuales y que son un punto de inflexión como por ejemplo Akira o Ghost in the Shell, ya que el punto de vista y el discurso de Daniel Aguilar me han dejado maravillado. Una delicia de libro.

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