Traducir a Murakami – Entrevista a Albert Nolla

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Albert Nolla nació en Reus, en 1974, y es traductor del japonés e inglés al catalán. Después de conseguir su máster en Estudios Japoneses Avanzados en la Universidad de Sheffield, empezó su carrera como traductor. Desde entonces ha traducido al catalán a autores japoneses como Ryû Murakami, Yôko Ôgawa, Natsume Sôseki, Junichirô Tanizaki, Banana Yoshimoto, Haruki Murakami, Ryûnosuke Akutagawa, Yasunari Kawabata, y de la lengua inglesa a grandes como J.M. Coetzee, V.S. Naipaul, o Paul Auster. En 2005 recibió el premio Ciutat de Barcelona por la traducción al catalán de Tòquio Blues, de Haruki Murakami y en 2008 el IX Premi Vidal Alcover por la traducción de Rashômon i altres contes, de Ryûnosuke Akutagawa.

El peso del aire: Hola, Albert, primero agradecer tu tiempo respondiendo esta entrevista. Tenemos entendido que eres una persona muy discreta y modesta, pero no podemos empezar sin antes mencionar que somos unos grandes admiradores de tu trabajo como traductor. Siendo así, que algunos de nuestros colaboradores prefieren esperar a las ediciones catalanas de autores como Haruki Murakami para poder leer tu texto. Pasado ya el ritual de romper el hielo, queríamos agradecerte también la disponibilidad que nos has ofrecido para esta entrevista y tu amabilidad.

Albert Nolla: Gracias a vosotros por el interés y por la buena labor que estáis realizando con “El peso del aire”.

Dicho esto, vamos con las preguntas.

Siempre he creído que el trabajo del traductor está más cerca de la interpretación que de la traducción literal. Con el japonés, especialmente, es casi imposible traducir literalmente, ¿cómo lo haces tú?

Sí, está claro que la traducción literal no funciona, especialmente cuando se trata de textos literarios. Los textos literarios tienen unos componentes estéticos y artísticos que exigen del traductor una interpretación que debe ser forzosamente subjetiva. En el fondo, un traductor no es más que un lector atento, y como todo lector, debe extraer una interpretación basada en su sensibilidad, y después ofrecerla a otros lectores. Es ingenuo pensar que pueda existir una traducción objetiva.

Por otro lado, cuanto más alejado lingüísticamente y culturalmente esté el texto de partida respecto al de llegada, como es el caso del japonés, mayor será la intervención subjetiva del traductor.

En cuento a mí, debo confesar que me resulta muy difícil explicar el proceso de traducción. Resumiéndolo mucho, diría que se trata básicamente de sintonizar tu cerebro con la voz silenciosa que surge del texto y reproducirla del modo más natural posible en tu propio idioma. Llevo quince años dedicándome a este trabajo y me sigue pareciendo un misterio.

¿Crees que es importante, además de ser un lector atento, conocer el contexto de la obra y del autor?

Sí, sin duda. Toda la información que podamos tener relacionada con el contexto de la obra, el autor, el propio texto, etc., puede ayudar en el proceso de traducción.

En mi caso, me gusta documentarme sobre cualquier autor o cualquier obra con la que vaya a trabajar. Traducir no es solo el trasvase de un texto de una lengua a otra, sino un proceso mucho más complejo en el intervienen otros aspectos que a menudo no se encuentran dentro del texto sino a su alrededor.

Además, hay un componente de curiosidad e interés que va más allá de la traducción en si, y que te lleva a leer sobre el texto con el que trabajas. Para traducir a Sôseki, por ejemplo, me parece indispensable conocer bien el periodo Meiji, al igual que para traducir a Tanizaki puede ser de gran ayuda estar enterado de sus peripecias vitales.

Volvamos al inicio. ¿Qué te hizo entrar en la traducción de textos japoneses?

Estudié japonés durante la licenciatura en Traducción e Interpretación en la UAB por pura curiosidad, para saber cómo funcionaba una lengua con un sistema de escritura tan distinto al nuestro. Y, una vez me adentré en el idioma, no pude dejar de estudiarlo. Al volver a Barcelona después de una estancia de dos años en Tokio, me surgió la posibilidad de traducir una novela de Tanizaki al catalán (La clau, publicada por Edicions 62 en el año 2002), con la que descubrí lo que podríamos llamar mi vocación por la traducción literaria, y desde entonces hasta la actualidad.

Has traducido a auténticos maestros, entre ellos al ganador del Nobel de Literatura, Kawabata. Pero parece que en general se te conoce por traducir a Haruki Murakami. ¿Cómo de diferente es traducir a un autor tan popular y superventas, y luego, por ejemplo, traducir a Yoshimoto o a Akutagawa?

Personalmente, afronto todas las traducciones del mismo modo, pero sí es cierto que cada autor tiene sus especificidades.

En el caso de Murakami, por ejemplo, el plazo de entrega de la traducción suele ser bastante ajustado por cuestiones de programación de las editoriales. En los últimos diez años se han publicado un mínimo de dos títulos al año (algunos de ellos muy voluminosos), lo cual ha provocado que no haya bastado con un solo traductor, ni en catalán ni en español. Lo ideal sería que pudiera mantenerse siempre el tándem autor-traductor, pero a veces las circunstancias hacen que resulte imposible.

En el caso de otros autores, no suele haber las prisas que hay con Murakami y se puede trabajar a un ritmo más relajado.

Por lo que respecta a la traducción en si, cada autor tiene un estilo propio, y plantea un grado de dificultad que puede variar mucho. Murakami, por ejemplo, es de los autores que escriben un japonés más accesible, con una prosa más próxima a los patrones occidentales, y traducirlo es bastante más sencillo que traducir a autores más ‘típicamente japoneses’ como Tanizaki o Kawabata.

Según tenemos entendido, los agentes japoneses suelen ser realmente estrictos y muy protocolarios. ¿Sueles tener contacto con los autores que traduces? ¿Cómo es el proceso?

Por lo general no tengo contacto con los autores durante el proceso de traducción, ya que hoy en día todo pasa por las agencias literarias. Si alguna vez surge alguna duda respecto al texto, o respecto al título de la obra, o respecto a cuestiones legales, la comunicación es siempre entre la editorial y la agencia.

En el caso de Murakami, me consta que su agencia controla muy de cerca el producto final (imágenes de cubierta, títulos, textos de contra y solapas, etc.), y que en alguna ocasión ha impuesto cambios porque alguno de estos aspectos no era del agrado del autor.

Por otro lado, sí he tenido la oportunidad de conocer a Murakami y a Yoshimoto Banana personalmente, y conversar con ellos durante sus recientes visitas a Barcelona.

¿Qué autores japoneses de los que has traducido, son tus preferidos?

Murakami me gusta mucho, especialmente la primera parte de su producción, hasta finales de los años 90 (la Trilogía de Rata, Tòquio blues, La crònica de l’ocell que dóna corda al món, Al sud de la frontera a l’oest del sol, etc.). Creo que sus títulos posteriores son más irregulares.

Y después están sin duda Sôseki y Tanizaki, dos auténticos maestros.

¿Cuál ha sido tu traducción más difícil? ¿Y la más divertida?

La más difícil creo que ha sido País de neu, de Kawabata. Se trata de una novela especial, que se aleja del modelo narrativo occidental, con numerosos saltos en el tiempo, elipsis, cambios de ritmo, diálogos ambiguos, etc. El estilo de Kawabata es más poético que novelístico, y exige justamente una buena dosis de interpretación subjetiva. Ha sido la novela con la que he tenido más la sensación de estar ‘interpretando’ un texto.

La más divertida ha sido Kafka a la platja, de Murakami –o, para ser más exactos, los capítulos de Kafka a la platja en los que aparece el viejo Tanaka, un personaje entrañable que tiene un modo de hablar muy peculiar e incluso dialoga con los gatos. Lo pasé muy bien traduciendo sus diálogos y sus juegos de palabras.

¿Cómo ves el panorama de la literatura japonesa traducida al catalán?

Cuando empecé, hacia el año 2000, prácticamente no se traducía literatura japonesa al catalán. A lo largo de todo el siglo XX tan solo se habían trasladado al catalán una quincena de títulos, la mayoría de ellos en traducción indirecta (a través de una lengua puente, normalmente el inglés o el francés).

Con la irrupción del fenómeno Murakami hacia el año 2004, y la aparición de una primera generación de traductores capaces de traducir directamente del japonés, creo que la situación ha cambiado sustancialmente. Además, tanto las editoriales como los lectores han empezado a conocer y reconocer la calidad y la variedad de la literatura japonesa, y hoy en día podemos disfrutar de algunos de los textos más importantes de las letras niponas en catalán.

Espero que esta tendencia sea duradera y podamos seguir incorporando la riqueza de la literatura japonesa a nuestra cultura.

¿Qué diferencias principales hay entre traducir del inglés y traducir del japonés?

Como decía en una pregunta anterior, me resulta difícil explicar el proceso en si, pero sí es cierto que cada lengua pide un enfoque y unas estrategias distintas.

Traducir del japonés exige normalmente intervenir de forma directa en el texto, a veces casi reformularlo. Asimismo, a menudo plantea problemas culturales en los que debes decidir cómo tratas conceptos propios de la civilización japonesa. En este sentido, hay varias opciones posibles: traducirlos por un equivalente, mantenerlos con una explicación en una nota al pie de página, mantenerlos añadiendo una breve explicación en el propio texto, mantenerlos sin más, esperando que el lector los entienda, etc. Cada traductor tiene sus gustos, no hay una única solución.

La traducción del inglés permite seguir más de cerca el texto original a causa de la menor distancia entre lenguas y culturas, lo que no significa necesariamente que sea más fácil ni más difícil. En cualquier lengua puedes encontrar textos fáciles y textos endiabladamente difíciles.

¿Crees que el traductor debe pasar desapercibido, o que debe dejar “su firma” en la traducción?

Creo que una traducción debe aspirar a ser invisible, a leerse como si hubiera sido escrita originalmente en la lengua de llegada. Sin embargo, esto no quiere decir que el traductor tenga que borrarse o renunciar a intervenir, sino más bien lo contrario: un traductor tiene que ser atrevido y tomar decisiones para que el texto fluya, para que suene tan bien como el original y por tanto no se note su presencia. Puede parecer una paradoja, pero así es como lo veo.

Nuestra intención en esta web es dar visibilidad a los traductores mediante entrevistas, y siempre que podemos, en las críticas. ¿Crees que la figura del traductor está olvidada por la crítica profesional y por el público?

Mencionar al traductor/a en las críticas, incluir su nombre en la cubierta de los libros como hacen algunas editoriales, etc., es sin duda un paso adelante en el reconocimiento de la figura del traductor. Sin embargo, no dejan de ser un pequeño gesto que no redunda directamente en la situación general de la profesión. Más allá de la cuestión de la visibilidad, hay muchos otros aspectos en los que debe mejorar la posición del traductor, que sigue siendo uno de los eslabones más débiles en el proceso de creación de un libro.

Hay varias asociaciones que trabajan en este sentido, pero queda un largo camino que recorrer en cuestiones relacionadas con la capacidad de negociación del traductor ante el editor, con los contratos, con las tarifas, con la participación no siempre debidamente remunerada en la promoción de un libro, etc. Un paso importante para la mejora de la profesión podría ser la creación de un colegio profesional.

En cuanto a la presencia de la traducción en el ámbito de la crítica literaria, no deja de ser testimonial. A menudo vemos reseñas en las que se hace una mención a la traducción, pero nunca se entra a hacer un análisis minucioso. En nuestro país no existe una tradición de crítica traductológica.

¿Qué es lo más duro para ti de esta profesión? ¿Y lo mejor?

Lo más duro son las prisas y la remuneración económica, que no siempre compensa una tarea que suele ser lenta y laboriosa. En el lado negativo también está el estilo de vida solitario y sedentario que conlleva el trabajo.

Lo mejor es poder dedicarse a una actividad apasionante, que te plantea retos continuamente y te empuja a aprender cada día. Además, traducir produce la satisfacción de saber que, de algún modo, estás aportando tu grano de arena para acercar culturas, para dar a conocer a los lectores obras y autores relevantes, y para enriquecer tu propia cultura.

¿Se puede vivir únicamente de traducir?

Pregunta difícil para terminar… Supongo que depende de lo que necesite cada uno para vivir, y también de lo que traduzca.

En traducción literaria, con una dedicación exclusiva y teniendo un flujo de trabajo continuo –cosa que nadie te garantiza–, quizá sí sea posible vivir.

En mi caso, combino la traducción literaria con otro tipo de traducciones, y con la docencia en la UAB, que me permite estar en contacto con estudiantes y colegas de profesión.

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