Algo que brilla como el mar, de Hiromi Kawakami

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Siempre es un placer volver a leer a Hiromi Kawakami y Algo que brilla como el mar, una de las primeras novelas que Acantilado publicó de la autora japonesa, sin duda cumple con las expectativas puestas en ella. A través de la voz juvenil de Midori Edo descubrimos las arenas movedizas que son las relaciones de un adolescente, la incertidumbre y también la belleza que se empiezan a descubrir a medida que la infancia empieza a quedar atrás.

Rodeado de mujeres, Midori Edo es hijo de una madre soltera y ha vivido siempre con ella y su abuela. Vive en esa frontera que separa la infancia con la adolescencia es una época plagada de cambios y dudas. La única forma que tiene Midori de avanzar en su peculiar entorno familiar (con una madre impulsiva y juvenil y un padre que va apareciendo en su vida intermitentemente y que parece más un amigo que una figura de autoridad) es la de hacerse adulto prematuramente.

Las experiencias durante la época adolescente es un tema muy recurrido en la literatura y Hiromi Kawakami no aporta ningún punto de vista novedoso a este tema. Sin embargo, los personajes que nos encontramos en la novela, aunque a veces algo inverosímiles, nos sumergen mucho en su ambientación y de pronto nos encontramos respirando con ellos. Kawakami es una artista en cuanto a retratar la vida cotidiana de sus personajes se refiere y de nuevo en Algo que brilla como el mar lo consigue sin problemas.

En esta novela mezcla con facilidad esa tranquilidad que se asocia con el día a día a la tempestad de ser adolescente y de no tener nada claro. La vida familiar de Midori, que aunque sea extraña es estable, contrasta con la de sus amigos, a los cuales no entiende pero acompaña. Mientras que Hanada se viste de mujer para lograr sentir un dolor que no puede sentir por ningún otro lado, Mizue, la novia de Midori, hace de contrapunto femenino, de personaje lleno de sombras que el protagonista no logra entender.

No es hasta el final que Hiromi Kawakami muestra todas sus cartas y que nos desvela otra faceta del libro en Algo que brilla como el mar. El eterno viaje de descubrimiento que hacen, la presencia del mar, que brilla en la distancia y que está presente en toda la novela en forma de islas. Dicen que “ningún hombre es una isla” pues el hombre no puede vivir en soledad y sin embargo parece que Kawakami está reivindicando la soledad en todas sus formas y matices con este final.

Narrativamente, Hiromi Kawakami es igual de sencilla y elegante que en el resto de sus novelas. Marina Borras, la encargada de traducir toda su obra tanto al español (editado por Acantilado) como al catalán (editado por Quaderns crema) hace una faena excelente en retratar lo sutil de la literatura japonesa que escribe Kawakami.

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