Kawabata y el arte

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Una de las mayores cualidades de Yasunari Kawabata como escritor es la capacidad que tiene para dibujar imágenes en la mente del lector con palabras. Algunas de sus escenas más reconocidas están descritas con una lírica tan maravillosa que quedan grabadas en aquel que las lee. Sin ir más lejos, la escena de País de nieve en el que el protagonista, Shimamura, ve los reflejos superpuestos de una chica y de la luna. Igual que a su alumno y amigo, Yukio Mishima, la belleza era muy importante para Kawabata y esta belleza se refleja siempre en todas sus novelas, camuflada de una forma u otra. La mayoría de las veces, Kawabata usa el arte (con varias de sus variantes) para transmitirla, un arte además relacionado con la cultura japonesa antigua.

Lo bello, lo triste y lo artístico

Una de sus novelas más reconocidas es Lo bello y lo triste. En esta, el arte se muestra de su manera más convencional, a través de la pintura. Otoko y Keiko, las dos protagonistas de la novela, son maestra y alumna de pintura respectivamente. Y sobre todo cuando Kawabata se infiltra en las reflexiones de Otoko, vemos sus pensamientos pintados sobre el lienzo de forma que Kawabata logra plasmar la personalidad de Otoko y llenarla de matices interesantes. Una de las escenas que tiene más fuerza en la novela es cuando Otoko se retrata a sí misma y hace una alegoría al retorno de las raíces culturales y a la maternidad.

“Pensaba en el cuadro cada vez que estaba triste. Porque, además, aquel cuadro sería un símbolo de su supervivencia a través de los a su tragedia y de la melancolía y belleza de su amor por Oki.”

El arte vestido: Los kimonos en la literatura de Kawabata

El arte de la creación del kimono también está presente en algunas de las novelas del autor. En Kioto, la protagonista, Chieko, es hija de un diseñador de kimonos. Los kimonos, además, forman parte de toda la novela y tanto su diseño como su confección están presentes en toda la historia. Los kimonos retratan las clases sociales y también los sentimientos de Chieko o de su padre. A través de los colores y los diseños, Kawabata es capaz de expresar los sentimientos de los personajes de una manera sutil y elegante. De nuevo, Kawabata usa el símbolo del kimono, un símbolo del Japón ancestral, como forma de crítica hacia el Japón cambiante que él vivía desde la segunda guerra mundial, un tema que se repite una y otra vez en sus novelas.

“<<¿Seguiré con un diseño clásico y vigoroso?>>, susurraba a veces Takichiro para sus adentros, pero su mente estaba repleta de los soberbios diseños de su juventud. Todos los estampados y colores de las antiguas telas ocupaban su cabeza.”


El té y las geishas: Más símbolos del Japón ancestral

Otros de los elementos artísticos que recuerdan al Japón que Kawabata se lamentaba de estar perdiendo eran ceremonias y figuras como la ceremonia del té o la figura de la  geisha, no relacionadas entre sí pero que también aparecen en algunas de sus novelas. En País de nieve, Shimamura visita una región extremadamente fría para volver a ver a la geisha que fue su amante y de quien, cree, aún sigue enamorado. Esa pasión fría, rodeada de nieve, también transmite una belleza. En La casa de las bellas durmientes no hay geishas, pero sí hay mujeres que venden su compañía a hombres mayores. Ellas mismas, igual que las geishas, son la figura artística que Kawabata usa para plasmar el pasado, la muerte, la inmaculada belleza de lo efímero. Por otro lado, la pasión que siente Kikuji no es nada fría: En Mil grullas, varias de las escenas transcurren durante una ceremonia del té y esa misma ceremonia tiene un peso importantísimo en la trama.

“Allí, preparando té para él, totalmente al margen de las enconadas historias de las mujeres de edad madura, la joven Inamura le pareció muy hermosa.”

El retorno constante a la naturaleza

Sea cual sea la figura artística que Kawabata usa en sus novelas, la naturaleza es un elemento recurrente que siempre vuelve a sus novelas y a su vez este elemento sirve, de nuevo, para ejemplificar la pérdida de la cultura y la nación que él había conocido. En todas sus novelas Kawabata invoca esa belleza que rememora a la belleza de su país, la estética del Japón tradicional que según él se había perdido pero que según él, aún encontraba en los espacios naturales y alejados de las grandes urbes. Este desafío del tiempo, esta parálisis de lo natural se ve siempre en sus escritos: En la casita del té que Kikuji tiene al lado de su casa, en los bosques de Kitayama donde Chieko encuentra la verdad sobre su pasado o en las eternas nieves que rodean a Shimamura y Komako en País de Nieve.

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