Higuchi Ichiyô: el lirismo evanescente

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Cuando hace meses descubrí a Higuchi Ichiyô y lo primero que leí sobre ella es que habiendo fallecido con 24 años estaba considerada una de las escritoras más importantes de la historia de la literatura japonesa, sentí miedo a adentrarme en su obra. Su trayectoria se concentró entre 1891 y 1896, año de su muerte, y el grueso de su obra son relatos o historias breves. Al menos el formato ayudaba a la hora de conocer a la gran Ichiyô. Pero nada más remoto que miedo puedes sentir al adentrarte en las páginas de esta escritora que marcó un antes y un después en las letras niponas. Al igual que sucedió en Occidente, antes de la llegada del realismo a la literatura existieron otros géneros literarios que fueron allanando el camino a esta forma de narrar. En Japón, este cambio estuvo especialmente propiciado por la apertura del país a Europa y la traducción allí de novelas de aquí. Por todo esto, Higuchi Ichiyo es una de las pioneras en ese cambio y esa nueva forma de contar historias alejadas de los artificios de la literatura clásica.

En castellano tenemos tres volúmenes que recopilan los relatos más destacados de Higuchi Ichiyô. Y por suerte para nosotros, todos ellos están traducidos directamente del japonés:

Aguas turbulentas (Erasmus, 2012). En un volumen de apenas 150 páginas con una edición de letra enorme y traducción de Cirilo Iriarte, encontramos los relatos Aguas Turbulentas (Nigorie, 1895), El sonido del koto (Koto No Oto, 1893), La decimotercera noche (Jûsayuya, 1985), Día de nieve (Yuki No Ji, 1883) y Flor de cerezo en la noche (Yamizakura, 1892). La traducción es bastante correcta aunque la selección es un tanto dispersa. Eso sí, tenemos la enorme suerte de leer gracias a este volumen El sonito del koto y Día de nieve, este último con fuertes tintes autobiográficos.

Crecer (Chidori, 2014). Cinco relatos componen este volumen: Crecer (Takeburake, 1885-1886)En el último día del año (Ôtsugomori, 1884), Nubes que se esfuman (Yukukumo, 1895), Aguas aciagas (Nigorie, 1895), La decimotercera noche (Jûsayuya, 1885)) que tan solo podemos encontrar en edición digital. La traducción de Paula Martínez Sirés es correcta, pero quizá uno de los mayores fallos que encuentra el lector es la elección de muchas frases hechas y un estilo en exceso coloquial que posiblemente no concuerda con lo que quiso plasmar la autora hace 120 años. Creo que este tipo de lenguaje anula la poética que se percibe en las otras traducciones. Eso sí, la magnífica introducción de la editora Margarita Adobes hace que merezca la pena acercarse a este ejemplar.

Cerezos en la oscuridad (Satori, 2017). Bajo la traducción de Hiroko Hamada y Virginia Meza, encontramos los relatos Cerezos en la oscuridad (Yamizakura, 1892), Día de Año Viejo (Ôtsugomori, 1894), Aguas cenagosas (Nigorie, 1895), Noche de plenilunio (Jûsayuya, 1895), Encrucijada (Wakare Michi, 1896) y Dejando atrás la infancia (Takeburake, 1895-1896). De las tres, es la traducción que más me ha gustado, por la cadencia, por el ritmo aportado al texto, por la musicalidad. Por supuesto, no puedo comparar con el original, pero a nivel personal es la traducción que más me ha gustado. Y añadido a esto, encontramos una introducción sobre la autora y sobre literatura japonesa femenina por parte de Carlos Rubio, y una selección de textos que tiene mayor coherencia. Como broche, lo cuidada de su edición haciendo que sea un placer sostener el ejemplar entre las manos.

Si os paráis a observar los títulos de los relatos, podréis observar que en lugar de tener una lista de 16 relatos tenemos un total de 9, ya que varios podemos encontrarlos en más de uno de los volúmenes recopilatorios. Incluso dos de ellos, en los tres libros. La parte negativa, evidentemente, es que podríamos tener más obra de la autora traducida si no se hubiese optado por elegir las mismas historias una y otra vez. La parte positiva es que es una magnífica forma de poder comparar traducciones y maneras de abordar el texto, y así escoger la que más nos guste.

‘Cerezos en la oscuridad’, edición de Satori.

Con las traducciones que tenemos disponibles de Higuchi Ichiyô podemos observar sus inicios con el aún inmaduro Yamizakura (Cerezos en la oscuridad/ Flor de cerezo en la noche), un relato que desde el comienzo anuncia un final triste acerca del amor que surge entre una muchacha y su mejor amigo. Quizá donde podemos ya observar su madurez narrativa es Ôtsugomori (Día de Año Viejo/ En el último día del año), una historia ya más compleja en cuanto a trama, acerca de una joven que trabaja como sirvienta en una casa y debe tomar una decisión que podría cambiar su vida para ayudar a su familia. La narración que está considerada como la mejor de Higuchi Ichiyô es Takeburake (Dejando atrás la infancia/ Crecer), una novela corta – relato largo que fue publicado por entregas en Bungakkai. Con esta historia viajaremos al distrito del placer de Tokio, Yoshiwara, y las duras condiciones de vida que allí había. Por último, querría destacar Jûsayuya (La decimotercera noche/ Noche de plenilunio) un relato sobre la desgraciada vida de una mujer casada que confiesa a sus padres sus duras condiciones de vida.

Precisamente parte de la revolución de Higuchi Ichiyô es el enorme feminismo que encontramos en sus cuentos. No olvidemos que estamos en los últimos años del siglo XIX en Japón, un momento en el que la igualdad entre hombres y mujeres estaba muy lejos de ser una realidad. En Takeburake veremos una dura denuncia de la lamentable vida que llevaban las mujeres que se veían obligadas a prostituirse; en Jûsayuya podemos ver que una mujer era poco más que una propiedad con la utilidad práctica de procrear; y en Ôtsugomori se menciona de pasada que resulta más rentable tener a un niño trabajando que a una mujer, porque sus ingresos son más elevados. Los matrimonios tan solo eran un contrato para una obtención de beneficios por ambas partes, no se concibe el matrimonio por amor. Y si las mujeres eran abandonadas por sus maridos, era imposible que pudiesen volver a contraer matrimonio.

Como veis no solo se trata de temas que, por desgracia, aún hoy siguen de actualidad, que pueden resultar atractivos al lector del siglo XXI. Además de esto, el estilo de la autora, su prosa, todo el simbolismo y el trasfondo que esconden, hacen que leer a Higuchi Ichiyô sea una auténtica delicia. Cruzaremos los dedos para que alguna editorial se lance a la traducción del resto de relatos que nos faltan de la autora. Creo que sería un gran acierto.

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1 comentario

  1. Interesante descubrimiento. Me atraía la portada, me gustan los libros con arte japonés, y tras leer tu reseña, ahora me atraen también los relatos.

    Gracias por traernos este libro.

    LS

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