Kenji Mizoguchi, el director de lo etéreo: perfección.

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Años 50. El cine oriental se da a conocer por fin en Occidente. En 1951 Rashomon, de Akira Kurosawa, se alza con el León de Oro en el Festival de Venecia y con el Óscar a la mejor película en lengua extranjera. Los productores japoneses ven su oportunidad de conquistar las salas europeas y se relanza la realización de jidaigeki (cintas de corte histórico) que sacien la curiosidad del público occidental, hecho que modificará, como veremos, su lenguaje, su forma de contar historias.

Kenji Mizoguchi arranca esta década con la adaptación de tres obras literarias: La vida de un hombre enamorado, de Seiichi Funabashi, con Yuki fujin ezu (El destino de la señora Yuki), Un corte en los juncos, de Junichiro Tanizaki, con Oyu-sama (La señorita Oyu), y la novela homónima de Shohei Ooka Musashino fujin (La dama de Musashino). Estas tres películas ya demuestran un planteamiento muy occidental en cuanto al montaje: las tomas son más cortas, hay varias cámaras que nos muestras la escena desde distintos puntos de vista y aumenta el número de primeros planos. A pesar de ello, no abandona el “toque Mizoguchi”, con sus largos planos secuencia y el gran uso —que influirá decisivamente en directores como Haneke— del plano fijo.

En 1952 es Kenji Mizoguchi quien consigue triunfar en Venecia. Se alza con el León de Plata con La vida de O-Haru, mujer galante, adaptación de Una mujer de placer, de Saikaky Ihara (1686), que llevaba dos años tratando de realizar. El rodaje no es sencillo: Mizoguchi lleva demasiado tiempo queriendo convertir al celuloide esta historia y obvia el presupuesto, empeñado en conseguir la perfección en cada fotograma. La vida de O-Haru, mujer galante cuenta la historia en flash-back de la hija de un samurái que se verá convertida en mercancía sexual. Quizá lo más destacable del film es la escena del intento de suicidio de O-Haru, rodada en un solo plano mientras la protagonista corre por un jardín. El empleo de grúas para poder filmarla, la forma en la que el sol se cuela entre las hojas de los árboles (komorebi) y su propia duración la convierten en una de las escenas más destacadas de su filmografía.

Ugetsu monogatari (Cuentos de la Luna pálida de Agosto)

Ugetsu monogatari (Cuentos de la Luna pálida de Agosto)

A pesar de la modernización y la recuperación económica de Japón, las costumbres no evolucionan al mismo ritmo. Muchas mujeres siguen viéndose obligadas a venderse para poder sobrevivir y, por ello, Kenji Mizoguchi rueda Gyon Bayashi (Los músicos de Gion), una versión contemporánea de Las hermanas de Gion. A pesar de la dureza de lo que nos cuenta, es un film de una belleza visual increíble en el que vivimos la formación de una aprendiz de geisha (maiko) paso a paso y cómo sus clientes confunden su profesión con la de prostituta debido al momento que le ha tocado vivir.

Las productoras, sin embargo, siguen reclamando cintas de corte histórico (‘películas de samurái’) para satisfacer a occidente. Debido a ello, entre las últimas películas de Mizoguchi encontramos cuatro jidaigeki. En 1954, viajamos al siglo XI con Sansho Dayu (El intendente Sansho). En un arranque devastador, unos hijos serán separados de su madre para ser esclavizados. El motor que moverá al personaje de la hija será el de poder reencontrarse con su madre en algún momento de su vida mientras trata de mantener vivo el ánimo de su hermano. La historia es una clara reivindicación de la igualdad de los seres humanos sin importar su origen, su posición social o su género. El pesimismo de la cinta es brutal y nos muestra a un Kenji Mizoguchi descorazonado y resignado, un sentimiento muy propio de la sociedad japonesa tras la derrota en la II Guerra Mundial y el principio de la dominación norteamericana.

Chika matsu monogatari (Los amantes crucificados)

Chika matsu monogatari (Los amantes crucificados)

En 1955, el color llega al cine de Mizoguchi, aunque sea más por imposición que por una elección personal. La excusa son los rodajes de Yokihi (La princesa Yang Kwei-Fei) y de Shin heike monogatari (El héroe sacrílego), dos cintas de corte histórico en las que el colorido de los kimonos, de las acuarelas y de los escenarios quieren mostrar al mundo la belleza de Japón. Como ya hiciera en Genroku Chushingura (La venganza de los cuarenta y siete samuráis), el hábil uso de la elipsis, que tan bien dominaba, evitará que se enfrente al rodaje de escenas bélicas o de acción, siempre tan costosas y poco de su agrado.

Resulta interesante comparar las cintas históricas realizadas por Mizoguchi con las de otros directores japoneses contemporáneos como Akira Kurosawa —Rashômon o Shichinin no samurai (Los siete samuráis)—, un verdadero genio de la puesta en escena en lo que a luchas y batallas se refiere. A diferencia de él, Mizoguchi prefiere centrarse en los combates internos, en la lucha, las dudas, los miedos y dolor de los personajes. La clave está, señalaba Kenji Mizoguchi, en potenciar aquellos aspectos en los que eres el mejor y evitar por todos los medios aquellos en los que flojeas.

Akasen chitai (La calle de la vergüenza)

Akasen chitai (La calle de la vergüenza)

Como cierre a la serie de películas en las que la prostitución era el hilo conductor, en 1954, Kenji Mizoguchi dirige Uwasa no onna (La mujer crucificada), la historia de un extraño triángulo amoroso. La hija de una viuda que regenta desde hace años un burdel regresa de Tokio tras un intento de suicidio propiciado por el sentimiento de vergüenza que le invade por el negocio familiar. El triángulo lo cerrará un joven médico mantenido por la madre que se enamorará de la hija. La confrontación entre tradición y modernidad surge incluso de forma visual con la vestimenta moderna de la hija enfrentada a los kimonos de las prostitutas que trabajan en el local. Poco a poco, la hija irá conociendo a las chicas y verá que la labor de cuidado y protección que ejerce su madre con ellas es mucho más destacable que la de explotación sexual.

Quiso el destino que esta película, a la postre su última obra, no fuese montada por él, por lo que el resultado es mucho más convencional, hecho decisivo que a los amantes del cineasta nos duele. Un cierre a su carrera que muchos consideran magnífico pero que, tras ver las grandes obras que dejó a sus espaldas, no acaba de estar a la altura de su filmografía. Para aquellos que consideren como su momento álgido estos últimos seis años, les recomiendo que echen la mirada atrás y vean —vuelvan a ver— Las hermanas de Gion, La venganza de los cuarenta y siete samuráis o La historia de los crisantemos tardíos, quizás algunas de sus mejores obras. Un genio. Un artista. Un maestro. Ese era Kenji Mizoguchi.

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