El lagarto negro, de Edogawa Rampo

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Una Nochebuena, en el barrio G., las luces de neón tiñen las oscuras calles de Japón. En un recóndito club nocturno asistiremos a la deslumbrante actuación de una hipnotizante mujer, el Ángel Negro. Tan solo cubre su hermoso cuerpo un collar de perlas, unos pendientes de jade, unas pulseras de diamantes y tres anillos. En su hombro izquierdo lleva tatuado un negro lagarto, imagen que con el contoneo de su cuerpo parece cobrar vida propia. Tras la actuación, su amigo Jun’ichi Amamiya acude en su ayuda: acaba de cometer un doble asesinato. Ocultos por la oscuridad de la noche, procederán a deshacerse de los cuerpos. De esta forma tan sugerente arranca una de las novelas más conocidas y reconocidas del padre de la novela negra japonesa Edogawa Rampo, El lagarto negro. En la novela, el detective Kogorô Akechi tendrá que enfrentarse a una de las criminales más inteligentes y despiadadas de la historia de la literatura negra nipona. Denominada así por el tatuaje de su hombro, el Lagarto Negro es una mezcla entre femme fatale y criminal sangriento.

Este arranque es tan solo la carta de presentación de una trama en la que Midorikawa — el Lagarto Negro — tratará por todos los medios de secuestrar a Sanae, la hija de un famoso joyero. Todo parece indicar que sus motivación principal es la de hacerse con una valiosa joya, pero poco a poco veremos que su retorcida mente tiene preparado algo muy especial para Sanae.

La novela fue publicada por entregas a lo largo de 1934, una entrega por mes, algo que se percibe en la forma de finalizar y arrancar los capítulos. Este dato creo que es fundamental a la hora de abordar la obra, ya que para el lector poco acostumbrado a las convenciones del folletín se le hará una lectura un tanto extraña: asistimos a un clímax al terminar cada uno de los episodios y si se aborda el libro del tirón resulta cuanto menos extraño que a cada rato la acción se precipite.

De esta forma, nos encontraremos ante un novela en la que las páginas pasan a toda velocidad en una lucha de ingenio entre el Lagarto Negro y Kogorô Akechi. En ella podemos observar claras influencias de la novela de misterio occidental de la época, especialmente de las novelas de Sherlock Holmes y de Arsene Lupin. Las batallas de ingenio entre ambos personajes resultan hoy en día incluso divertidas y con un toque de ingenuidad, pero no por ello poco elaboradas o faltas de coherencia narrativa. Estamos ante uno de esos clásicos casos en que el investigador siempre irá un paso por delante que el lector, por lo que los desenlaces de las sucesivas tramas siempre resultan sorprendentes.

A pesar de cuánto me ha gustado la novela, la recomendaría a lectores que supiesen con qué se van a encontrar. Un lector contemporáneo acostumbrado ya a las novelas negro-criminales, que busca que le sorprendan y que la trama no tenga fisuras quizá no disfrute de esta genial historia como merece. Debemos ponernos en la piel de un lector de 1934, momento en el que el hardboiled apenas estaba en pañales, en que el cine negro estaba aún naciendo en las salas de cine, y en el que las novelas de misterio británicas en las que el asesino era el mayordomo estaban en pleno auge. Apenas existían métodos científicos para la resolución de un crimen, y la deducción y la lógica todavía pesaban más que las pruebas forenses. Desde esa mirada, El lagarto negro es una novela sencillamente excepcional.

Como no podía ser menos, la novela cuenta con varias adaptaciones — a la televisión, al manga, a teatro y al cine. De las dos adaptaciones a la gran pantalla quizá la más conocida sea la de Kinji Fukasaku, con la adaptación del texto por parte de Yukio Mishima (escritor que aparece en la cinta unos segundos). El papel del Lagarto Negro es interpretado por el actor Akihiro Miwa, que curiosamente mantuvo una relación sentimental con Mishima. La adaptación es magnífica, con muy pocas modificaciones de la trama original, aunque es cierto que en ella se pierde lo más importante, desde mi punto de vista, de la novela: los diálogos. Las luchas dialécticas entre los dos protagonistas darían con una cinta de excesiva duración, y resulta más interesante la traslación de algunos de los elementos visualmente más potentes. Os aseguro que cuando leáis la novela sentiréis curiosidad por saber cómo se han llevado a la pantalla algunos de los capítulos.

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