El poeta que rugió a la luna, de Atsushi Nakajima

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Aquellos que hemos sobrepasado la lectura de una docena de novelas japonesas somos capaces de distinguir algunos de los rasgos que representan este tipo de literatura. La forma de expresarse de los autores, ese aire melancólico que se respira en la ambientación, la trama sosegada y lenta. A todo esto, debemos sumarle la localización en un país que para muchos resulta fascinante en parte por desconocido. Leemos acerca de tatamis, de sopa de miso, de campos de arroz, de viviendas tradicionales japonesas, de cómo colocan los zapatos a la entrada de sus casas, de kimonos, de katanas… Quizá por eso la lectura de Atsushi Nakajima me ha dejado tan contrariada. Por un lado, tenemos toda esa ambientación y forma de expresarse tan característica de la literatura japonesa, pero por otro tenemos una localización completamente diferente.

Atsushi Nakajima es uno de esos autores clásicos que los estudiantes japoneses deben estudiar y conocer, y El poeta que rugió a la luna y se convirtió en tigre es allí una lectura obligatoria como podría serlo aquí El lazarillo de Tormes. Atsushi Nakajima nació en 1909 en el seno de una familia de eruditos dedicados al estudio de la China clásica. Este particular marcó su destino, su vida y se ve especialmente reflejado en su literatura. Atsushi Nakajima pasó su corta vida (murió a los 33 años debido a un fuerte ataque de asma) entre Japón, Corea, Manchuria, el norte de China y varios hospitales donde tuvo ser ingresado por sus problemas respiratorios. Este conocimiento de otros países y otras culturas, similares pero diferentes, se sentirá en sus relatos.

No he podido dejar de sorprenderme al abordar la lectura de este recopilatorio de ocho relatos al encontrarme con historias ambientadas en Egipto, en Mesopotamia, en Persia, y — menos sorprendente ya — en China. La extrañeza surge no sólo porque un autor en los años 30-40 tuviese ese conocimiento de las culturas clásicas occidentales, sino especialmente por descubrir historias ambientadas en esos lugares desde la óptica de la literatura japonesa.

Quizá aquellas que causan menos extrañeza son las historias situadas en China, ya que las similitudes con Japón son mayores. Esa filosofía, esas forma de vida pausada, esa perseverancia y paciencia de sus gentes. Este particular podemos observarlo en La luna sobre la montaña o El maestro especialmente. De hecho, si en ambas sustituyésemos los nombres chinos por nombres japoneses apenas notaríamos la diferencia. En La momia podemos ver una clara influencia del descubrimiento en 1922 de la tumba de Tukantamón de la mano de Howard Carter. Esa descripción de la tumba, los dibujos de las paredes, la forma en la que el protagonista del relato desciende hacia ella, el conocimiento de los saqueos de tumbas…

En La catástrofe de las letras nos trasladamos a Asiria, al reinado del gran Asurbanipal. Quizá uno de los relatos más fascinantes y metaliterarios acerca de la existencia de la realidad gracias a la palabra escrita. Aquí nos habla de tablillas con escritura cuneiforme, del mobiliario de las estancias con muebles decorados con patas de leones y de cómo el espíritu de las letras puede poseernos. Absolutamente maravilloso.

Como remate de este breve volumen, encontramos un epílogo de la mano de su magnífica traductora, Makiko Sese, y una cronología detallada de la vida del autor recorriendo su corta vida. Nakajima, tras estudiar Letras en la Universidad Imperial, se dedicó a la enseñanza del japonés y el inglés en un instituto femenino de Yokohama. Pasó su adolescencia en Corea, viajó a Shanghái, Hangzhou y Suzhou en China, recorrió varias islas de Pacífico, y los últimos años de su vida los dedicó por completo a escribir (dicen incluso que lo hizo desde la cama del hospital donde acabó sus días). Estudió a Confucio, Spinoza y Pascal, y tradujo entre otros a Aldous Huxley.

Me quedo con las ganas de leer la obra de corte autobiográfico de Atsushi NakajimaDiario de un hombre confuso, en el que reflexiona sobre el sentido de la vida y sobre la soledad, y Luz, viento y sueños, una recreación de la vida de Robert Louis Stevenson en Samoa, isla de la Polinesia donde falleció. A ver si alguna editorial se anima a traducirlas.

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