Hotel Iris de Yoko Ogawa

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Hotel Iris es la tercera novela de Yoko Ogawa que he leído. De todas las autoras de literatura contemporánea japonesas que he tenido el placer de leer, Yoko Ogawa es, con diferencia, la más ecléctica. Solo he leído tres libros suyos y en los tres, los temas y hasta, en algunos casos, el género, eran diferentes. Por supuesto, eso no quita que la esencia o el estilo de la autora se destilen en todas sus novelas y ahí está la gracia: hay algo de especial en cada una de las obras de Ogawa, y a su vez, claman claramente la pertenencia a la mano que las ha escrito.

En Hotel Iris conocemos a Mari, una adolescente que es hija de la propietaria del hotel y que trabaja como recepcionista casi a tiempo completo. En ese mismo hotel vive una escena que la deja marcada: presencia como una prostituta es despedida por su cliente, un traductor de ruso, con malas palabras. Esa escena parece despertar una perversión que permanecía latente en el interior de Mari y la lleva a seguir al traductor y entablar una relación con él.

Y ahí está la palabra clave que define el libro: perversión. No es un tema ajeno a la literatura japonesa, todo el contrario; Ogawa se influencia de autores clásicos como Jun’ichiro Tanizaki o Edogawa Rampo y crea una actualización de un tema muy presente en la cultura japonesa. Y no a través del sexo en sí, del coito como acto. De hecho, en todo el libro no hay ninguna escena de sexo implícito (entiéndase, sexo en el que hay penetración). Ogawa explora como los personajes sienten y aceptan la perversión y sus sentimientos hacia eso. Mari entabla una relación de sumisión con el traductor de ruso y esa relación tan íntima y tan cargada de violencia y sensualidad acompaña al lector durante toda la novela. Más que acompañar, el lector se siente como un voyeur, como si estuviera observando algo prohibido y secreto. Y todas las escenas, aunque no sean explícitamente sexuales, están cargadas de esa intensidad, de esa opresión.

Hay un contraste muy fuerte e importante entre la violencia y la pasividad. Las relaciones sexuales entre el traductor y Mari son violentas, y sin embargo, cuando no están en la intimidad de la casa, los papeles se invierten. Esa relación violenta también la vemos en como la madre de Mari trata a su hija. Son dos tipos diferentes de violencia, uno sexual y el otro no, pero parecen nacer de la misma base: el ansia de dominar.

El mismo libro está buscando despertar sensaciones contradictorias entre el placer oscuro del sadomasoquismo y la ternura del primer amor. Entre la incomodidad que resulta de ver algo privado y sensual y el morbo que pueden producir esas mismas imágenes. La novela resulta a veces incómoda, a veces profunda, a veces extremadamente opresiva, pero siempre con la sutilidad y elegancia que caracteriza el estilo de la autora. Un libro que quizá no es para todos los públicos, pero que ahonda en la perversión y la sumisión desde un punto de vista muy interesante.

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