El distrito del placer de Yoshiwara

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El Buen prado de la suerte

Antes de abordar un tema tan delicado como el de la prostitución, es preciso resumir de forma muy breve el concepto de la sexualidad en Japón. La tradición budista hacía que la idea que se tenía del sexo distara mucho de la que se asentó años después. Era habitual que los japoneses disfrutasen sin ningún tipo de tabú, atadura ni discriminación las relaciones íntimas, fuesen de su mismo sexo o no. En el período Edo (1603-1868), el shōgunato Tokugawa impuso a la población las enseñanzas moralistas del confucianismo, en las que la tradición y la familia debían preservarse, y como siempre ocurre en estos casos, estas doctrinas se aplicaron en mucho mayor grado a las esposas que a los maridos, que continuaban disfrutando libremente de la promiscuidad.

El distrito del placer de Yoshiwara

Con este telón de fondo, el propietario de un burdel en Edo (actual Tokio) que trataba de hacerse con el monopolio del negocio propuso al shōgunato que le cediese un terreno apartado para establecer este tipo de locales de la ciudad. A cambio, el gobierno le añadiría una serie de impuestos en su beneficio. Así, en 1617, Tokugawa Hidetada, segundo shōgun de su estirpe, proclama una ley que restringe la presencia de burdeles a zonas de recreo específicas en barrios aislados que no solo ofrecían sexo, sino también juego, baile y diversos espectáculos, creándose el barrio del placer de Edo, El Buen prado de la suerte. Yoshiwara[1].

El distrito del placer de Yoshiwara

Las Casas de Té

El espectáculo que podía ser observado al adentrarse en su entramado de sus calles, callejas y callejones debió de ser impresionante. Centenares de muchachas sentadas tras barrotes de madera eran exhibidas (vestidas) para que el visitante pudiese echar un ojo a la oferta de cada prostíbulo y escoger lo que más se adaptase a sus preferencias. Cada uno de los elementos que componían las llamadas ‘Casas de Té’ estaban medidos. Todo tenía un significado que los clientes habituales conocían bien, incluido el tamaño de los propios barrotes en los que las chicas eran exhibidas: a mayor altura, mayor lujo y calidad del burdel.

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Gran parte de las mujeres que trabajaban en Yoshiwara no tenían elección alguna. De orígenes humildes, sus padres las vendían a los prostíbulos a muy corta edad, tanto para obtener un beneficio directo, como para ahorrarse su futura manutención. Eran las conocidas como kamuro, niñas de entre cinco y nueve años que entraban al servicio de una cortesana que las adoptaba como si fueran su hermana pequeña. Las kamuro se ocupaban de los recados, de atender a sus hermanas mayores cuando estaban acompañadas y de tantear a posibles clientes por las calles. A pesar de su corta edad, aprendían rápidamente las artes de la seducción y el coqueteo, y su principal objetivo —el único— era el de convertirse en cortesanas. Aunque pueda parecer que suponían una carga para sus maestras, las kamuro se convirtieron en un símbolo de estatus social y les servían de ojos y de oídos. A los 13 o 14, alcanzaban el rango de shinzo, se teñían los dientes de negro por primera vez[2] y, durante una semana, todo el burdel se volcaba en su transformación de niña a mujer.

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Tayû, oiran, geisha y los ‘Desfiles de cortesanas’

Hasta 1763, el rango más elevado entre las cortesanas eran las tayû. Cada una podía llegar a tener a su cargo hasta dos o tres kamuro, y eran la meta a alcanzar de toda muchacha que se dedicase a estas artes. Su formación era muy exhaustiva, y su belleza, elevada. Alcanzar la categoría de tayû no era sencillo. En 1642, Yoshiwara contaba con solo 18, y su número fue poco a poco decreciendo hasta su total desaparición. A partir de 1763, fueron reemplazadas por las oiran —un tipo elevado de yūjo, es decir, mujer del placer— y por las geisha[3], con la gran diferencia de que estas últimas no eran prostitutas —de hecho, no podían mantener relaciones íntimas con sus clientes por contrato—, lo que ha generado una enorme confusión entre los occidentales. De hecho, el que los clientes no pudiesen tocarlas resultaba un fuerte aliciente debido, precisamente, a esa inaccesibilidad. Si a ello le sumamos sus altos conocimientos de poesía, caligrafía, baile o música, entre otros, hacían de su compañía un elemento exclusivo por el que merecía la pena pagar. Era su habilidad a la hora de coquetear sin traspasar la frontera de lo carnal lo que conseguía el equilibrio perfecto propio de su oficio. Con el paso de los años, sin embargo, muchas terminaron por cruzar esa línea de pureza que las distinguía de las oiran.

El distrito del placer de Yoshiwara

En las ‘Casas de Té’ se popularizó un tipo de construcción con un balcón en el segundo piso para que los visitantes pudiesen observar desde él una de las tradiciones más representativas de Yoshiwara: los Desfiles de cortesanas. Tres días al año, coincidiendo el florecimiento de las flores de los cerezos en primavera, de los lirios en verano y de los crisantemos en otoño, las muchachas desfilaban por las calles de Yoshiwara sobre unos geta lacados de hasta 30 cm de altura, sus ropajes más lujosos y sus peinados más llamativos. El paso era lento y solemne —entre otras cosas por la dificultad que entrañaba la elevación del calzado, el cual generó una forma de caminar específica para este tipo de sandalias—. Resulta difícil imaginar el impacto que tal desfile provocaba entre los visitantes y usuarios del distrito: mujeres hermosas vestidas con las mejores sedas, con brocados en las mangas, el peinado piramidal, la cara completamente pintada de blanco, los ojos marcadamente negros y los labios rojos; como acompañamiento, música de samisen, tambores y flautas.

El distrito del placer de Yoshiwara

A pesar de este ambiente de lujo y refinamiento, no debemos olvidar que estamos hablando de prostíbulos. Las chicas que entraban a trabajar en ellos contraían una deuda económica que rara vez conseguían liquidar, por lo que estaban condenadas a ese trabajo de por vida. Según los registros de la época, sus condiciones sanitarias eran bastante buenas, con revisiones periódicas que asegurasen al cliente que no había riesgo de contraer ninguna enfermedad, pero el nivel de exigencia y de competencia era muy duro. En febrero de 1897, momento en el que Yoshiwara contaba con unas 3.000 empleadas, se atendió a 135.356 clientes. Poco se conoce del día a día real de estas mujeres, ya que todas las crónicas que han llegado a nuestros días han salido de la pluma de un hombre. Pero los datos acerca de embarazos no deseados, enfermedades venéreas, intoxicaciones por el plomo del maquillaje o una cláusula en sus contratos que especificaba que, en caso de suicidio, su familia debía liquidar la deuda contraída no resultan muy esperanzadores acerca de una forma de vida que no fue ilegalizada hasta 1956.

[1] Inicialmente situado en otra ubicación de la actual, Yoshiwara tuvo que trasladarse y levantarse de nuevo tras un enorme incendio en 1657. El barrio del placer que hoy conocemos, pues, se corresponde con esa segunda localización.

[2] En aquella época, era costumbre que las mujeres samurái que contraían matrimonio se tiñeran los dientes de negro.

[3] El oficio de geisha proviene, originariamente, del ámbito masculino, de los llamados hôkan, anteriores a ellas.

 

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