La bestia ciega, de Edogawa Rampo

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Sé que muchos no compartirán esta afirmación, pero siempre he defendido la lectura y la valoración de las obras literarias partiendo del conocimiento y la consideración de la fecha en la que fueron creadas. Muchos son los que afirman que si un texto no envejece bien, no es válido. Pero el concepto de envejecimiento creo que es del todo subjetivo. Precisamente por ello, no es lo mismo leer una novela sabiendo que fue creada en un momento en el que no existían la televisión, el cine o las redes sociales, la luz eléctrica, los vehículos de combustión o el ferrocarril. Hay determinados condicionantes que deben ser tenidos en cuenta. Cuando nos enfrentamos a obras de género, esa consideración debe ser aún mayor y tener en cuenta lo que se había escrito previamente con los rasgos identificativos de dicho género.

Una vez hecho todo esto y tras haber leído prácticamente todo lo que se ha traducido al castellano de Edogawa Rampo he abordado la lectura de La bestia ciega. En ella se nos habla de un extraño hombre, ciego, artista y masajista. Debido a su ceguera serán sus manos las que visualicen el mundo a través de ellas. Y las curvas de los cuerpos femeninos son una de sus mayores pasiones. De ese modo, recorre palmo a palmo el una escultura que reproduce fielmente el cuerpo de una conocida artista de Revista, Ranko. Al instante, sabe que necesita conocer a la propietaria de esas curvas y hace todo lo posible no solo por hablar con ella, sino también por retenerla en un extrañísimo lugar en el que hará todo lo posible por seducirla.

Pero los gustos y preferencias sexuales de nuestro protagonista son especiales y peculiares. Y precisamente esas peculiaridades harán que se convierta en un asesino en serie. La crueldad de sus actos no radica tanto en la forma de matar a sus víctimas como en el modo en la que decide deshacerse de los cuerpos. Tal es la crudeza de algunos de los métodos empleados que el lector en más de una ocasión debe apartar la vista del papel. E incluso el mismo Rampo solicitó que uno de los capítulos que aparecían en la versión original fueran suprimido. En la versión de Satori, traducida directamente del japonés como es habitual, encontramos de nuevo ese capítulo.

Si en algunos de los relatos publicados en castellano, como La oruga, pudimos dar buena cuenta de lo retorcida de la mente de Rampo, con La bestia ciega tan solo podemos quedarnos con la boca abierta. No tan solo por las descripciones que mezclan un extraño sentido del humor con un toque infantil, sino sobre todo por la ausencia total de pudor por parte del autor a la hora de plagar la imaginación del lector de imágenes sangrientas.

Pero el mayor sentimiento de sorpresa con La bestia ciega surge cuando te paras a pensar que esta novela fue escrita en 1931. Por supuesto que no trato de atribuirles un punto de vista inocente a los lectores de aquella época, pero este libro es probable que incluso hoy fuese un escándalo si fuese publicado. Incluso hoy, con la cultura visual que llevamos a nuestras espaldas de manera inconsciente, una cultura que colma nuestra mente de imágenes nacidas del cine y la televisión y que de manera inevitable inundan nuestras lecturas. Parece que ya lo hayamos visto y leído todo, que nada es nuevo. Y de repente, lees un libro escrito en 1931 y te sorprende, te atrapa, te fascina y te repulsa por igual.

Como decía más arriba, Rampo resulta naif en su forma de narrar en algunos de los fragmentos de sus historias, pero lo es para el lector occidental del siglo XXI. Precisamente por ello insisto en que debemos abrir la mente, calzarnos unos geta de los años 30 y así podremos dejarnos llevar. ¿Si no leemos a Rampo de este modo no le disfrutaremos? Seguramente sí, pero es probable que no apreciemos la relevancia de esta novela en el conjunto de su obra, que no paladeemos del mismo modo sus palabras, que no nos aterroricemos igual ante la crueldad de sus escenarios. Esta historia aglomera en su interior la esencia del autor. Y quizá por ello es necesario leer La bestia ciega como se merece.

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