Una flor, de Miyamoto Yuriko

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La labor realizada por Satori Ediciones en 2017 en favor de la figura femenina en la literatura, ha sido impresionante. No solo han traducido (directamente del japonés, por fin), el Diario de la Dama Murasaki, sino que también nos han traído Diario de una vagabunda, Cerezos en la oscuridad o El diario de la dama Izumi. Junto con estas maravillosas obras, le ha tocado el turno a Miyamoto Yuriko con Una flor, un volumen recopilatorio de tres relatos que nos da bastantes pistas acerca del tipo de escritora a la que nos enfrentamos.

Miyamoto Yuriko nació el 13 de febrero de 1899. Con tan solo 16 años escribió su primera novela, Nooson, una reflexión sobre la vida de los granjeros de Fukushima. En esta obra ya se revela el gran compromiso social de Yuriko, un aspecto que estará presente a lo largo de toda su trayectoria. En 1919 se casó con Araki Shigeru, una desastrosa experiencia que plasmó en el libro con el que alcanza la fama: Nobuko (1928). En ella, la escritora evalúa la institución del matrimonio y las ideas convencionales que existían acerca de las relaciones entre sexos. Estas cavilaciones, junto con algunas vivencias personales de la autora, han hecho elucubrar a más de uno con su homosexualidad, algo que ella siempre negó.

Yuriko fue una importante activista a favor de la igualdad social, con una fuerte vinculación con el comunismo desde su afiliación al partido. Su viaje a la Unión Soviética en 1927 fue determinante, y a través de su obra podemos observar un fuerte componente de denuncia. No olvidemos el momento histórico en el que nos encontramos: como no podía ser de otra manera, todo esto conlleva que fuese encarcelada en varias ocasiones, llegando a estar entre rejas un total de dos años a raíz de sus ideas políticas.

Si en Una flor (Ippon no hana, 1927) se centra en la amistad de dos mujeres (historia basada en una relación autobiográfica entre ella y la escritora Yuasa Yoshiko), en La planicie de Banshu (Banshû heiya, 1946) y en Hierba del viento (Fûchisô, 1946), todo gira en torno a cómo le afecta a la protagonista que su marido esté encarcelado. El estilo entre la primera narración y las dos siguientes es muy diferente, y yo personalmente me quedo con sus relatos más tardíos. Quizá el hecho de que fuesen publicados tras el fin de la II Guerra Mundial, diesen a Yuriko la libertad creadora que hasta ese momento le fue vetada.

En realidad, La planicie de Banshu y Hierba del viento podrían ser dos partes de una misma secuencia narrativa. El punto de arranque lo encontramos el 15 de Agosto de 1945, fecha en la que el emperador de Japón emitió por radio su rendición incondicional, algo que supuso un tremendo golpe para los habitantes del país. Hasta ese momento, eran muchos los que consideraban aún que a los monarcas el poder les era otorgado de manera divina, y una rendición de estas características rompía con todos los moldes. Ellos eran invencibles porque su monarca también lo era. Esa sensación de derrota, de desánimo, se palpa a lo largo de La planicie de Banshu. El país está en unas condiciones deplorables de miseria y ruina, a lo que se suman una serie de inundaciones que dejan el terreno infranqueable. Quizá uno de los capítulos más devastadores sea un breve pasaje transcurrido en Hiroshima, en el que de forma muy escueta se nos describe lo que la protagonista de la historia puede ver con sus propios ojos.

En Hierba al viento, encontramos una continuación del relato anterior con la liberación del marido de la protagonista de la cárcel. Si en La planicie de Banshu, Yuriko se centra en las desigualdades sociales, en este cuento se centra en las desigualdades domésticas, las que podemos encontrar dentro de la vida matrimonial. Jûkichi, el marido, escenifica perfectamente la tradición y la obsolescencia dentro de la vida de pareja. Gracias a su permanencia en la cárcel ejemplifica cómo su mente se ha quedado anclada en el momento de su entrada en prisión. Por contraposición, Hiroko es una mujer moderna que no tolera según qué comportamientos y actitudes de su pareja. A pesar de esta lucha interna, las emociones siempre surgen a flote de forma contenida ya que, pese a la modernidad de la obra y de los planteamientos, debemos tener en cuenta la posición real de la mujer a mediados del siglo XX en Japón, y cómo el respeto al cónyuge y a la familia primaban ante cualquier otra cosa.

Ante estas narraciones, Una flor, relato que abre el volumen, supone una ruptura total. La historia fue escrita veinte años antes y eso se nota. El lenguaje es más delicado, la prosa más idílica, y el texto tiene una función más evocativa que de denuncia. A pesar de ello, no faltan pinceladas de modernidad, poniendo de relieve la novedad que suponía en aquel entonces que una mujer quisiese trabajar (cuando no lo necesitaba económicamente gracias al matrimonio), y cómo esta situación ponía en peligro la disponibilidad de puestos de trabajos para los hombres.

Los tres relatos resultan peculiares en un particular. Miyamoto Yuriko transmite la sensación de que con ellos trata de exponer un mensaje, un tipo de lenguaje bello y refinado, pero que el desarrollo de la historia no resulta de interés para ella. Los sucesos transcurren sin orden ni concierto, no parece haber una consecución lógica de los acontecimientos, simplemente busca hacer palpable una serie de situaciones que considera abusivas, sin importarle tanto el modo de hacerlo. En este volumen no busquéis tres historias con introducción, nudo y desenlace. Todo es nudo, todo es contenido, nada empieza, nada acaba. Y curiosamente funciona. No se trata de relatos complicados de leer o inaccesibles para el lector, sino de un compendio de pasajes que tratan de mostrar una situación concreta en un momento concreto; de abrir una ventana al mundo para que este pueda asomarse y ser partícipe de lo que era el Japón rural de mediados del siglo XX.

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