Las aventuras de Hanshichi, de Okamoto Kidô

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Cuando en 1853 el Comodoro Matthew C. Perry se presentó en la Bahía de Tokio para conseguir que Japón se abriese de nuevo al comercio con occidente, se produjo un cisma en la sociedad nipona. No solo Japón impregnó al resto del planeta con su cultura, sino que el planeta impregnó a Japón. Uno de esos intercambios lo podemos observar claramente en la biografía de escritores como Natsume Sôseki, Ôgai Mori u Okamoto Kido, autores que desde muy temprano comenzaron a estudiar lengua inglesa, o alemana en el caso de Mori. Gracias a ello, pudieron disfrutar de la literatura europea en su idioma original, y cuando en las manos de Kidô cayó un ejemplar de Arthur Conan Doyle algún tipo de neurona debió revolverse en su cabeza para tomar la decisión de emular a Sherlock Holmes en el Período Edo de su país natal.

No deja de resultar llamativo que, en Europa al menos, Okamoto Kidô sea más conocido por las sesenta historias cortas de su investigador Hanshichi que por su faceta de creador y periodista teatral. Okamoto Kidô (1872-1939) nació en Tokyo y estudió poesía china y lengua inglesa. En 1890 empezó a trabajar como crítico teatral, lo que le llevó en 1896 a que el empresario Kawakami Otojiro le solicitase la creación de una obra para Ichikawa Sadanji II, un actor de kabuki interesado en modernizar el teatro japonés. Aunque esta colaboración no llegó a ocurrir nunca, en 1908 sí que escribió para dicho actor el drama Ishin zengo, convirtiéndose así en la primera de numerosas colaboraciones entre intérprete y dramaturgo. A lo largo de toda su vida llegó a escribir un total de 196 libretos, especializándose además en shin-kabuki, una nueva forma de kabuki que surgió a partir de la contaminación de la cultura occidental en Japón. Tanto fue así que la primera representación de shin-kabuki fue escrita por Tsubouchi Shôyô, traductor de Shakespeare al japonés.

Todo este intercambio cultural fue el caldo de cultivo en el que nació el personaje que nos ocupa. La veintena de historias que recogen los dos volúmenes publicados hasta el momento por Quaterni, Hanshichi, un detective en el Japón de los samurais y Las nuevas aventuras de Hanshichi son una buena muestra de lo que Kidô quería conseguir con la construcción de su personaje. Cada uno de los relatos está narrados por un amigo del detective al que le cuenta sus peripecias. Quizá en este aspecto pueda recordarnos a las historias de Holmes, en las que es Watson el narrador. Sin embargo, quien deja constancia de la vida de Hanshichi no participa de forma activa en las pesquisas. La estructura siempre es la misma: el narrador visita a nuestro protagonista, comienzan a charlar, nos pone en antecedentes acerca de por qué ha sido requerido para ese caso, viaja hasta el lugar donde suceden los hechos, echa un vistazo y habla con la gente del lugar, y, sin ahondar paso por paso en su investigación, realiza un monólogo final en el que explica todo el caso punto por punto. Aunque sus capacidades de deducción y de análisis no son tan profundas como las del británico, su buen conocimiento de la cultura y las costumbres del lugar suelen ser las que le llevan a resolver el misterio.

Para el lector occidental ahí es donde radica el atractivo de su obra: no solo recorremos diferentes lugares de Japón, sino que gracias a la erudición de Hanshichi conoceremos la forma de vivir y de pensar de los japoneses en el Período Edo. Debido a la época en la que están ambientadas, los elementos sobrenaturales tendrán un papel fundamental en prácticamente todos los relatos. Tanto es así que aunque nuestro detective siempre logra aportar una explicación racional a cada relato, son muchos en los que la sospecha inicial recae en la mano de un fantasma o yokai. Quizá uno de los aspectos que más me han sorprendido, a pesar de ser lectora habitual de novela de misterio japonesa, ha sido la posibilidad que el propio Hanshichi ofrece a los culpables de algunos misterios de que sean ellos mismos quienes acaben con su vida para evitar que tengan que sufrir la vergüenza de ser detenidos, juzgados y finalmente ejecutados. No es la primera vez que leo que el culpable toma esa determinación, pero sí que sea el personaje al cargo de la investigación quien proponga esa salida.

Como suele ser habitual en los recopilatorios de varias historias, unas gustarán más a unos lectores que a otros, dependiendo de los gustos de cada uno. Lo que sí es cierto es que todas ellas resultan interesantes como documento histórico acerca de un momento muy preciso de la historia oriental. Para los amantes del género de misterio clásico, Kidô deja algún regalo en forma de homenaje a autores como Edgar Allan Poe. Una razón más para que cerremos las páginas de sus libros con una sensación muy satisfactoria.

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