El imperio de los sentidos, de Nagisa Oshima

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Sigmund Freud teorizó en el siglo XX sobre dos pulsiones antagónicas que dominan al ser humano y se desencadenan entrelazadamente. Esta dicotomía se conoce como Pulsión de vida y Pulsión de muerte. Eros y Thanatos. La primera dirige las acciones humanas hacia la autoconsevación y la reproducción sexual, mientras que la segunda se encamina hacia la autodestrucción y la devolución de la vida a su estado inorgánico. Esta concepción psicoanalítica es la base que toma el director Nagisa Oshima para crear su película más emblemática.

El imperio de los sentidos (1976) es el principal exponente de la nueva ola japonesa cinematográfica. Esta corriente quería romper con el cine clásico e intimista de Kenji Mizoguchi y Yasujiro Ozu para poner sobre la mesa las problemáticas y contradicciones contemporáneas de la sociedad japonesa. Nagisa Oshima desarrolló su carrera bajo esta nueva ola y realizó la que es, sin duda, la película japonesa más polémica de la historia debido a su alta carga sexual.

El imperio de los sentidos

Nos encontramos ante una película erótica cuyas constantes escenas de sexo no son fingidas ni simuladas. Strictu sensu estamos ante una película pronográfica de autor que debido a ello en Japón sigue sin poder emitirse a menos que se corten las escenas de sexo. Durante el rodaje, el director perdió el apoyo de su país y tuvo que producirla y editarla en Francia para poder saltar la censura. Su ciclo de vida empezó en el Festival de Cannes donde ya desató protestas e hizo que pocos países se arriesgasen a exhibirla en cartelera. A los cines españoles llegó en 1979 y se convirtió en una película de culto hasta tal punto que su emisión en Televisión Española, en 1986, tuvo una gran repercusión de audiencia, incluyendo cientos de llamadas telefónicas al canal por parte de espectadores indignados.

La película narra la historia de pasión de Sada, una exprostituta que trabaja como servicio en un hotel, y Kichizo, dueño del establecimiento junto a su mujer. La narración nos muestra el crescendo de su relación amorosa, desde el primer encuentro hasta el clímax final donde se desatan todas las pasiones reprimidas y queda al descubierto la naturaleza del deseo. Lo que empieza siendo simples encuentros sexuales se va convirtiendo en una relación tormentosa donde la dominación y la violencia van ganando terreno.

Lamentablemente, el erotismo de la película queda bastante desarbolado tras el paso del tiempo en nuestra sociedad hipervisual del siglo XXI. Quien busque una película para excitarse sexualmente va a salir mal parado pues este no es el objetivo del director. Aunque la película es una sucesión de penetraciones, la intención del director es hablarnos del sexo y la muerte; de los impulsos más secretos del alma humana y de la castración que implica la civilización. Todo esto acompañado de una estética y una puesta en escena muy cuidadas que ayudan a proyectar el juego de luces y sombras que desarrolla Nagisa Oshima.

El imperio de los sentidos

El título occidental de la película es un juego de palabras basado en un ensayo de Roland Barthes sobre el simbolismo japonés llamado El imperio de los signos, pero el título japonés es más revelador: Ai no korîda (Corrida de amor). La tauromaquia muestra con claridad la pulsión del Eros y el Thanatos que muestra la película. El toro es el impulso de vida, el vigor primigenio de la naturaleza que además simboliza la sexualidad masculina. Este impulso se contrapone en las corridas con la persecución y muerte del toro que lo devuelve a su estado inorgánico. El imperio de los sentidos se mueve entre estas dos pulsiones que se enlazan entre medias por la dominación y el sadomasoquismo que se desatan en los juegos eróticos de los amantes que incluyen ataduras, asfixias y cortes.

En definitiva, El imperio de los sentidos es una pieza clave del cine erótico de autor, que juega muy bien con el simbolismo oriental para narrar una historia de pasión universal. Nagisa Oshima teje una historia de obsesiones inquietante y estimulante que no dejará indiferente al espectador. Sin embargo, hay que destacar también que el ritmo es muy irregular y que la falta de detalle sobre el contexto y las personalidades de los protagonistas pueden poner a prueba nuestra paciencia. Aun así, por su desenlace y simbolismo merece la pena su visionado como pieza clave del cine japonés.

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