Eroguro. Horror y erotismo en la cultura popular japonesa

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Aquellos que se hayan acercado a la cultura japonesa es probable que se hayan topado alguna vez con el término eroguro. En nuestro país, relacionado con la literatura, ha comenzado a resonar un poco más en los últimos años gracias a la liberación de los derechos de autor de Târo Hirai, más conocido como Edogawa Rampo. Poco a poco las traducciones de Rampo han ido apareciendo y debido a ellas hemos podido conocer al padre del género de misterio y policíaco en Japón. Pero el eroguro va mucho más allá de lo que por estas latitudes denominamos como novela negra. En este ensayo dirigido por Jesús Palacios, con textos del mismo Palacios, Daniel Aguilar, Rubén Lardín, Iria Barro Vale y Germán Menéndez Flórez, se abordan todas esas disciplinas que están fundamentadas de un modo u otro en el eroguro: literatura, cine, anime y manga.

Quizá lo más llamativo de todo sea ver cómo cada una de estas artes han amoldado las bases del eroguro a sus diferentes códigos. El arranque indiscutible lo encontramos en la literatura. Târo Hirai se sintió tan fascinación por la obra de Edgar Allan Poe que decidió cambiar su firma por la de Edogawa Rampo, manera en la que el nombre del autor norteamericano sería pronunciada en japonés. Lo macabro, lo oscuro, lo oculto, lo tenebroso; estos elementos fueron seleccionados por Rampo para adaptarlos a los códigos nipones y conseguir con ello la creación de un género nuevo. Todo esto fue metido en una batidora a la que añadió lo extremo, lo erótico, lo raro, lo diferente. Así, es habitual encontrar a personajes deformes en sus novelas, con extrañas pulsiones sexuales que desarrolla a través del poder de su prosa alcanzando cotas de perversión que siguen sorprendiendo al lector actual. Gracias a este ensayo, sin embargo, alcanzamos a comprender cómo muchos de los componentes introducidos en estas obras por autores como Rampo, Tanizaki, Kafu o Kawabata son parte de la sociedad japonesa y para ellos lo narrado no es tan escandaloso como lo puede ser para aquellos que nos acercamos de puntillas a su forma de mirar el mundo.

La diferencia fundamental entre las distintas disciplinas que abordan el eroguro está en los límites de hasta dónde pueden mostrar. La literatura en este aspecto tiene una gran ventaja, ya que no hay apenas nada que no pueda desarrollarse en un texto escrito. La imaginación del lector hará el resto, y dependerá de la sensibilidad de cada uno cómo se perciba el contenido. En el cine, el manga o el anime el componente visual tiene el punto a favor de que la imagen suele impactar más que el texto, pero debido a ello los márgenes pueden llegar a ser mucho más limitados. De todos modos, no olvidemos que estamos frente a una sociedad en la que el sexo empezó a ser tabú con la apertura a occidente, y la variedad de sus perspectivas sexuales es enorme frente nuestro limitado enfoque católico y pecaminoso. Que la censura haya metido mano en este tipo de artes, sobre todo en el cine, ha conseguido que la creatividad se haya disparado en los cineastas y que deban cubrir con muchos otros elementos aquellos que no está permitido visualizar de forma abierta.

Uno de los aspectos que me ha abierto los ojos respecto al eroguro es el tema de los códigos. En occidente estamos acostumbrados a que la ficción trate de acercarse lo máximo posible a la realidad, hasta el punto de que todo aquello que resulta artificial es rechazado por el público. Sin embargo, es un requisito sine qua non del eroguro que se perciba su artificiosidad como mundo inventado. Es algo que en nuestra cultura resulta extraño, y que en más de una ocasión he calificado de naif al hablar de la obra de Rampo, pero no es tanto ingenuidad como una obligada necesidad de mostrar que aquello que estamos leyendo o viendo no es real. Entre otras cosas, debido a la crudeza de los temas que se abordan en algunas disciplinas. Y una parte fundamental de ese juego reside en que el espectador sabe que todo ese mundo no es auténtico, y es capaz de percibir la riqueza que esa fabulación le proporciona.

Puede que penséis que con esto que os cuento os he desvelado alguna (o muchas) de las claves de este ensayo. Nada más lejos de la realidad. La cantidad de obras, autores, temáticas y materias abordadas es inmensa. Tan solo os he mostrado una pequeña rendija para que os asoméis a uno de los géneros más fascinantes de la cultura popular japonesa. Su sombra es alargada, y no solo el planteamiento de este libro es magnífico, sino que debido a todos los palos que toca estoy convencida de que alguno de sus capítulos os resultará de interés. Desde la construcción de universos de ficción, a la industria del cine erótico, pasando por el bukkake, el kinbaku o el cosplay, todo tiene cabida en este libro. El libro viene acompañado de una serie de ilustraciones de cada uno de los bloques temáticos abordados, por si la palabra escrita no fuese suficiente. Y por si hay alguien que todavía duda, ahí va el golpe definitivo: como extra, este volumen incluye tres relatos inéditos en nuestro idioma de Junichiro Tanizaki, Edogawa Rampo y Unno Juzo que servirán como magnífico ejemplo de lo que es el eroguro para aquellos que aún no se hayan enfrentado a una obra de este género. Una verdadera enciclopedia del género imprescindible en cualquier biblioteca personal de los amantes del país del sol naciente.

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