El amor de un idiota, de Junichiro Tanizaki

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Si sois asiduos de esta web sabréis que Junichiro Tanizaki ya no es un desconocido. Tras haber comentado algunas de sus obras como El elogio de la sombra, Sobre Shunkin, El club de los gourmets, Cuentos de amor, La historia de un ciego, La vida enmascarada del señor de Musashi y Siete cuentos japoneses siento que en realidad me queda poco que desgranar de este prolífico e intrigante autor. ¿Qué queda para contar de Tanizaki? ¿Quizá su irregular relación con Occidente, una de amor odio? No, eso lo vimos en El elogio de la sombra. ¿El arte? ¿La tradición? Ah, ya sé. El amor. Tanizaki es sinónimo de pasión, de relaciones, de personajes, de vidas ocultas, de misterios sexuales. Pero sobre todo de amor, en toda la extensión de la palabra. Amor en todos los sentidos.

El amor de un idiota es una novela que cumple todos los leit motiv del autor, el contraste entre luz y sombra, lo sensual, las relaciones extrañas y fuera de lo común. El amor de un idiota se publicó en origen por entregas sobre el 1920 y no pasó sin revuelo, como la mayoría de obras de Tanizaki, sufrió intentos de censura que provocaron ciertas irregularidades en su serialización, hasta que se reunió en un solo tomo (el que aquí nos presenta Satori). La perversidad es un tema que, como si de un sudario se tratara, cubre toda la novela creando una atmósfera oscura, mórbida. El amor de un idiota trata un tema que hoy en día sigue dando de qué hablar cuando se menciona Lolita, y es que el tema central del libro es la relación de treintañero con una niña de quince años.

El protagonista, Joji, ha decidido marcharse de la vida rural para convertirse en un sarariman en la capital, Tokio. En una cafetería conoce a Naomi, una chica que por moda pretende imitar los cánones de belleza occidentales. Joji se enamora al instante y poco después convence a la familia para que le concedan el cuidado de la niña. Él se ocupará de todas sus necesidades. Y aquí es donde Tanizaki obra su magia. Consigue retratar esa humanidad tan profunda que pocos de nosotros somos siquiera capaces de imaginar a veces. La novela teje un tapiz entre los dos personajes que comienza con juego ambivalente entre una extraña amistad y la relación entre una menor y el adulto que hace de tutor. Por supuesto nada se queda aquí y es que la novela es retorcida hasta decir basta, pero no en un sentido desagradable per se. Si algo logra el autor es mirar en el alma humana, en esas esquirlas de imperfección que nos dotan de individualidad. Que nos hacen distintos. Y por supuesto la feroz crítica a todo lo que se pone por delante a menudo con un sentido del humor inaudito.

Como ocurre con Lolita, de Nabokov, antes mencionada, la novela está escrita desde el punto de vista del hombre adulto. Y en una primera lectura podemos creer que es la niña el origen de la lujuria. Naomi parece tener el control, es la portadora de la sexualidad. Pero como en la novela del ruso, esa es una primera lectura, la superficial, y es que subyace la denuncia hacia las dinámicas de poder. La perversidad con que Tanizaki manipula el tema me ha parecido magistral, y desde luego el autor se explaya a gusto. Al fin y al cabo ambos son víctimas, ella de una sociedad patriarcal y de un hombre que siente la necesidad de ejercer control sobre ella (y que logra fácilmente, pues la familia cede a la niña sin muchos peros), y de un hombre cuya masculinidad es puesta en duda continuamente por una sociedad, como ya he dicho, patriarcal. Un relato turbio, sin respuestas fáciles que plantea dilemas morales repletos de ambigüedades.

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