Hiroshige, el renovador del mundo flotante

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“No seríamos capaces de estudiar el arte japonés, creo, si no somos más felices y más alegres, nos hace regresar a la naturaleza, a pesar de nuestra educación y de nuestro trabajo en un mundo de convenciones”. Esto le escribía Van Gogh a su hermano Theo en un momento, finales del siglo XIX, en que Japón se abría al comercio y su arte empezaba a ser descubierto en occidente generando una gran influencia que fue conocida como japonismo. En esta época el arte japonés marcó especialmente a los impresionistas y postimpresionistas, como Van Gogh, que descubrieron una pintura que jugaba con el contraste de los colores, con la espacialidad del vacío, hacía uso de objetos del día a día y, por supuesto, se inspiraba en la naturaleza para crear su atmósfera particular. El pintor Hiroshige fue, sin duda, uno de los artistas que más relevancia consiguieron durante el auge del japonismo.

Sesenta y nueve estaciones del Kiso Kaidō

Sesenta y nueve estaciones del Kiso Kaidō

Sin duda, el ukiyo-e, dentro del arte japonés, fue el género más trabajado y que más influencia ha tenido en la historia del arte. Durante la época del japonismo, estas estampas se convirtieron en verdaderas piezas de coleccionista y alcanzaron precios astronómicos en las galerías europeas. Conocidas como “las pinturas del mundo flotante” estos grabados nacieron en el siglo XVII, durante el periodo Edo, en un momento de desarrollo comercial y estabilidad que generaron una potente clase comercial que se instaló en las ciudades, desarrollando una intensa vida urbana haciendo florecer el teatro, el sumo, la música, la poesía y, sobre todo, el ukiyo.

El ukiyo, mundo flotante en castellano, fue el hedonismo que apareció en el Japón moderno y que impregnó la vida de las grandes ciudades. Este hedonismo se materializó en la proliferación de burdeles, en el cultivo del kabuki o en el desarrollo del mundo de las geishas. Toda esta cultura fue la que representó el ukiyo-e, escenas urbanas, en blanco y negro, que mostraban un Japón entregado al placer. ¿Cómo llegó este arte urbano, que representaba la vida hedonista y superficial, a cautivar los sentidos de Europa y Norteamérica?

Retrato de Hiroshige por su amigo Kunisada

Retrato de Hiroshige por su amigo Kunisada

Sin duda, gracias a Hiroshige. Utagawa Hiroshige es uno de los renovadores del ukiyo-e, nacido a finales del siglo XVIII en Edo, la antigua Tokio, en un momento en el que el arte del grabado japonés estaba estancado y era incapaz de salir de sus formas artísticas y temáticas ligadas al hedonismo urbano del país. Dotado de una sensibilidad y habilidad única para la pintura, Hiroshige se formó en la escuela Kanō , un estilo nacido en China muy arraigado en Japón y centrado en la ornamentación con paisajes de la naturaleza. Su principal formato fue el biombo y su uso del color con tinta china lo ha dotado de una gran maestría en el uso del color. Sin embargo, Hiroshige decidió pasarse al ukiyo-e, tal como era entendido desde el siglo XVII. Se centró en la representación del mundo del teatro kabuki y de la belleza femenina hasta que en en 1830 decidió dar un vuelco a su carrera y aunar su pasión por el paisajismo cultivado en su etapa de la escuela Kanō, con el arte del grabado que las nuevas técnicas de impresión habían conseguido refinar.

Su primer trabajo en este nuevo comienzo fueron las Ocho vistas de Omi, todavía muy influido por el paisajismo chino, Hiroshige creó ocho grabado horizontales en los que la espacialidad y el contraste cromático se convirtieron en el sello de identidad del pintor. Aquí Hiroshige representa los lagos de la provincia japonesa de Omi y juega con los cambios de las estaciones a los que asigna colores específicos mostrando escenas mundanas como un grupo de veleros que navegan por el lago Biwa. Ya en esta colección destaca la famosa luna otoñal del autor, que se convertirá en un sello personal. Destaca la representación de espacios vacíos que juegan con la perspectiva y el contraste de los azules del cielo y del mar que crean esta atmósfera de quietud y suspensión tan característica de la cultura japonesa. Se busca captar e inmortalizar lo efímero y mundano para convertirlo en eterno.

Grabado de la colección Ocho vistas de Omi

Grabado de la colección Ocho vistas de Omi

Más tarde Hiroshige pinta sus famosas Cincuenta y tres estaciones de Tōkaidō, una famosa ruta por carretera que conectaba Edo con Kioto. Esta ruta era la más transitada de Japón ya que conectaba las dos principales ciudades del país, siendo Kioto en ese momento la capital imperial. Los paisajes que recorrió Hiroshige durante la ruta de Tōkaidō le provocaron una fuerte impresión estética. Estas estaciones que representó Hiroshige son los lugares de descanso de los viajeros para pasar la noche o hacer un alto en el camino. En esta colección el autor juega con la perspectiva occidental, al representar filas de viajeros que se pierden en el horizonte y nos muestra una impresionante galería de personajes que desfilan por el Tōkaidō: comerciantes, cortesanos, viajeros, pescadores etc. El color se perfecciona contrastando la gama de azules que representa la espacialidad de los paisajes con los verdes de los árboles y los tonos pastel de la luz y de los personajes que recorren sus grabados.

Novena estación: Odawara (cruzando el río Sakawa por el vado)

Novena estación: Odawara (cruzando el río Sakawa por el vado)

Junto a la colección de Tōkaidō, las Cien famosas vistas de Edo es la serie de grabados que más fama ha aportado al pintor, siendo considerada por muchos su obra maestra. Este conjunto representa los lugares más emblemáticos de Edo y fueron creadas entre 1856 y 1858. Diez años antes de que la ciudad fuese rebautizada como Tokio. Aquí Hiroshige hace uso del grabado vertical y la variedad temática condensa todos los elementos característicos de la pintura del autor. Encontramos recintos de templos y santuarios, calles animadas, parques públicos y escenas de paisajes naturales. En casi todas las escenas vemos cómo aparece el horizonte como punto en el que se pierden los paisajes hasta el infinito. Además Hiroshige vuelve a las escenas urbanas pero estas son representadas con la fragilidad y belleza propias del paisajismo natural. La complejidad de los colores y la calidad de las impresiones acerca esta colección a la pintura más artesanal otorgándole una calidad y una precisión nunca vistas antes en el ukiyo-e. El objetivo de Hiroshige era representar la variedad de los paisajes de Edo como si el espectador los pudiese ver con sus propios ojos.

Octava vista de Edo: Suruga-chō

Octava vista de Edo: Suruga-chō

Sin duda, Hiroshige consiguió con su obra generar una profunda renovación en el ukiyo-e siendo, por tanto, el desencadenante de la pasión por estos grabados en Occidente durante la época del japonismo. Hiroshige consiguió abrir el grabado japonés a la naturaleza, al color y a la perspectiva. Acabó con el monopolio temático del hedonismo urbano reintegrando el ukiyo-e a la corriente principal de la cultura japonesa: la contemplación de la naturaleza, la inmortalización de lo efímero y el culto a las escenas diarias, de las cuales los japoneses siempre han sabido sacar una atmósfera onírica que reconforta el espíritu. Los grabados de Hiroshige son como haikus en imágenes abiertos a la inmensidad del horizonte, del cielo y del agua. Gracias a su obra el Japón de la época Edo resplandece en su cotidianeidad, capturado para siempre como un reflejo de una sociedad que se abría paso a la modernidad, con sus tensiones  entre distintas clases sociales y entre el campo y la ciudad. Todas estas características han sido representadas por Hiroshige, un maestro que expandió el “mundo flotante” hasta el infinito de sus bellos paisajes.

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