Amores de un vividor de Ihara Saikaku

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Ihara Saikaku, pseudónimo de Hirayama Tôgo, nació en 1642 en Osaka. Procedía de una familia de mercaderes, y se convirtió en una de las figuras más destacadas de la poesía y la literatura del periodo Edo. Es necesario comprender el Japón del S. XVII para entender la obra de Saikaku, ya que el auge del teatro kabuki y el esplendor alcanzado por las casas del té y los burdeles en aquella época ayudan a comprender que nos encontramos en un momento de tolerancia. Sumado a esto, resulta fundamental conocer que en este siglo las técnicas de impresión de libros viven una gran innovación al sustituir las clásicas planchas de madera por los tipos móviles. Este cambio favorece la difusión de la literatura popular logrando así un alcance inimaginable hasta ese momento.

Es en este contexto en el que Saikaku alcanza una gran popularidad a través de una ceremonia en el santuario de Sumiyoshi, lugar en el que logró componer 23.500 versos de haikai en un solo día. Su habilidad para construir haikai, una poesía breve e intuitiva, educaron su mente en la concisión verbal, los juegos de palabras y la rápida asociación de ideas. Sus argumentos no destacan, pero sí brilla gracias a su estilo.

Su primera gran obra fue Amores de un vividor, también conocida como Hombre lascivo y sin linaje (1682). En ella, encontramos narrada año por año la vida de Yonosuke, con una estructura que ya por la composición en 54 capítulos conecta con la Historia de Genji, una de las obras cumbres de la literatura japonesa. Si en la historia de Murasaki el protagonista representaba el amor romántico, Yonosuke representará el amor carnal llevado al extremo: es imposible no pensar en una parodia al arrancar la narración contándonos que nuestro protagonista, según consta en su diario, se divirtió con 3.742 mujeres y 725 hombres.

A pesar de este aspecto satírico, Saikaku introduce constantemente personajes que existieron en realidad en aquella época, e incluso el último capítulo lo hace coincidir en el tiempo con el año en el que se publica la novela, invitando al lector a que sospeche que todo lo narrado puede haber ocurrido en realidad. Quizá para el lector contemporáneo este aspecto sea el más atractivo de la obra, ya que a través de sus páginas introducirá aspectos de la vida cotidiana del momento, perfectos para los amantes de la cultura japonesa. Un par de ejemplos para que entendáis a lo que me refiero: en el capítulo en el que tiene 24 años se narra la llegada del Año Nuevo, y cómo se colgaban ramas de pino en las puertas — que simbolizaban perennidad y longevidad —, que era frecuente la presencia de exorcistas mendicantes en el segundo día del año o que se cerraban las puertas de las casas desde primera hora de la tarde para evitar la entrada de los espíritus diabólicos; en el capítulo en el que tiene 29 años encontramos una magnífica narración en la que se explica que las prostitutas se cortaban el pelo y se arrancaban las uñas para enviarlos como prueba de fidelidad a sus clientes (y de cómo se robaban uñas y pelo de los cadáveres para enviarlos como propios a clientes ricos y afianzar así a la clientela).

Para abordar esta lectura he recurrido a dos traducciones diferentes: la publicada por Alfaguara en 2003 y traducida por Fernando Rodríguez Izquierdo y la publicada por Hiperión en 1982 y traducida por Antonio Cabezas García. Ambas son buenas opciones, pero no puedo evitar quedarme con la de Alfaguara. No solo el texto de Fernando Rodríguez Izquierdo me parece más claro, sino que la infinidad de notas explicativas suponen un extra fabuloso a la lectura de esta obra. Tan solo he echado en falta en esta edición las ilustraciones que acompañaban al texto original y que sí podemos ver en la edición de Hiperión.

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