Vida de una mujer amorosa, de Ihara Saikaku

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Si en Amores de un vividor era un hombre quien recorría su vida para plasmarla a través de su relación con diferentes cortesanas, en Vida de una mujer amorosa será una mujer quien realice ese recorrido vital. Estamos ante una anciana, una antigua cortesana que vivió en El mundo flotante. Su edad madura le aporta al texto una distancia necesaria para lo relatado, y le aporta un punto de ironía que convierte esta obra en un libro profundo e incisivo.

«Los antiguos decían: una mujer hermosa destroza la vida como un hacha». Esta es la frase con la que arranca la novela, y podría llevar al lector a pensar que vamos a encontrarnos con un texto con un marcado punto de vista masculino, e incluso machista (partiendo siempre de la base de que estamos ante una obra escrita en el s. XVII). Nada más lejos de la realidad. Saikaku consigue crear a una protagonista no solo fuerte y poderosa, sino con una voz propia que resulta perfecta para la novela. Nos encontramos ante una mujer que empezó a prostituirse siendo casi una niña, que descubrió el arte de manipular a sus clientes a su antojo, y que era muy consciente del poder que su atractivo físico era capaz de ejercer. Fue exigente, y esto la llevó año tras año a ganarse más enemistades, y por lo tanto a ir descendiendo de categoría dentro de la jerarquía de los prostíbulos.

La estructura consta de seis libros de cuatro capítulos cada uno, y se nos narra desde el momento en que se vio obligada a abandonar su hogar para saldar una deuda de su padre, hasta las razones finales por las que se encuentra recluida cuando empieza a contar su historia. A lo largo de sus páginas lo que encontramos en el fondo es una novela costumbrista, y ahí reside el atractivo de esta obra. Conoceremos las modas del momento en cuanto a peinados y recogidos, cómo se debía tratar a los clientes en función de su capacidad intelectual, cómo que utilizaba el correo postal como arma de seducción, e incluso hasta qué punto era frecuente haber pasado por varios abortos consecuencia de su trabajo. Quizá uno de los capítulos más curiosos sea aquel en el que desgrana punto por punto cómo conseguir un buen matrimonio y los motivos por los que lo más adecuado es que este se trate de un acuerdo comercial entre familias.

Con una mirada de occidental, sigo sorprendiéndome con la libertad y la cercanía que se tratan algunos temas. A pesar de que el texto está lleno de eufemismos (cuando el amante coloca la pierna sobre ella implica que el paso siguiente será el acto sexual) y de que todo se nombra y se cita con elegancia y sutileza, hay que tener en cuenta que nos encontramos ante una protagonista femenina que narra decenas de encuentros sexuales. Amores de un vividor no resultaba tan llamativo por tratarse de un hombre quien lo narraba. Pero creo que esta perspectiva femenina es un acierto. Obviamente, la recomendación es leer ambas obras y comparar la situación de las trabajadoras sexuales en el Japón de la época, y la de sus clientes. La probabilidad con la que ellas podían acabar como simples prostitutas callejeras era muy alta, y debían mostrarse sumisas y aceptar tratos abusivos, con independencia del rango que poseyesen.

La edición ilustrada de Sexto Piso y la traducción de Daniel Santillana acercan una obra que podría resultar de lectura ardua y complicada por la diferencia tanto geográfica como temporal. Sin embargo, han optado por un formato que convierte el texto casi en contemporáneo nuestro, lo que facilita su lectura y comprensión. Una obra imprescindible para conocer a uno de los grandes de las letras niponas.

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