Los niños del mar, de Ayumu Watanabe

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No es la primera vez que el cine de animación japonés ofrece una visión conflictiva entre el progreso de la civilización humana y la naturaleza. Hayao Miyazaki ha hecho de este tropo un motivo central de sus películas con obras maestras como La princesa Mononoke que muestra que si se rompe el equilibrio entre la humanidad y la naturaleza el resultado funesto es la guerra. En Los niños del mar, el director Ayumu Watanabe da una vuelta de tuerca a esta temática adaptando el manga homónimo de Daisuke Igarashi, mangaka que además ha escrito el guion de la película.

Los niños del mar (Kaijû no kodomo, 2019) narra la historia de Ruka, una adolescente que vive en una pequeña ciudad costera y que se siente alienada por su entorno familiar y social. Obsesionada desde niña con el acuario en el que trabaja su padre, un día Ruka conoce a Umi y Sora, dos niños que han sido criados en el mar junto a los dugongos y que actualmente viven en el acuario. A partir de ese momento Ruka empieza a descubrir la extraña conexión que existe entre ella y la vida de los océanos.

Los niños del mar

Nos encontramos con una película llena de matices en sus motivos narrativos. Watanabe e Igarashi han tejido una historia poliédrica con muchas lecturas. La introducción se apoya en los conflictos de Ruka, una chica incomprendida que vive en un tedioso día a día que se quiebra tras la aparición de Umi y Sora, los niños del mar. La relación de los tres protagonistas se mueve entre el conflicto de lo salvaje y la civilización. Ruka anhela la vida de los dos chicos para salir de la monotonía en la que está instalada y buscar sentido a lo que vio de pequeña en el acuario.

A nivel más trascendente la película ofrece una lectura sobre el cambio climático y el efecto que tiene en la vida de los océanos. A la par que asistimos a la inmersión de Ruka en el mundo subacuático y vemos el equilibrio que existe en los ecosistemas marinos se nos presenta también la ambición de la ciencia por controlar una realidad a la que no tiene acceso: las profundidades marinas.  Además Ruka simboliza la corrosión de la civilización en el ser humano. Ruka vive reprimida, incapaz de entender los misterios de la naturaleza. Mientras que Umi y Sora, por haber sido criados por mamíferos marinos, están despojados de las represiones culturales propias de los seres humanos y su visión de la vida es más pura buscando el equilibro entre humanidad y naturaleza.

Los niños del mar

Los niños del mar trata estos temas de manera sugerente y estimulante pero, a mi juicio, ha tenido problemas en el guion para establecer el conflicto y el ritmo que puedan unir todas las aristas de la película. Viendo la obra, uno no puede evitar tener la sensación de que era imposible adaptar la trama de cinco tomos manga de más de 300 páginas en una película de 110 minutos. La presentación, el nudo y el desenlace quedan desdibujados por la necesidad narrativa de atar todos los cabos y presentar satisfactoriamente a todos los personajes. Tenemos la sensación de que hubiese sido más oportuno, por las necesidades de guion, haber hecho esta adaptación en formato de serie.

Sin duda, el punto fuerte de Los niños del mar es la belleza de la fotografía y la animación. El mimo que se le ha puesto al aspecto técnico es de quitarse el sombrero. La película se mueve entre dos estilos. Contamos con una animación clásica para toda la trama que ocurre en la ciudad y en suelo firme pero cada vez que la vida subacuática se nos presenta en pantalla asistimos a una explosión de color y movimiento. El estilo se torna más cercano al pictórico dando la sensación de que estamos ante un cuadro en movimiento. Esta sensación se acrecenta, además, cuando llegamos al clímax en el que la película se convierte en una orgía de sensaciones y de formas muy adecuada para los conceptos filosóficos que se presentan en los últimos treinta minutos. Sin embargo, hay una decisión que resulta chocante. Cuando la «cámara» se acerca a los personajes, en primeros planos de intimidad, el estilo cambia radicalmente acercándose al que nos presenta en el manga Daisuke Igarashi. Es un estilo preciosista y detallado pero que rompe la sensación de continuidad.

Los niños del mar

En definitiva nos encontramos ante una película ambivalente. Los niños del mar es ambiciosa, como lo es el material original del que parte esta adaptación. Sus preocupaciones de tintes sociales, filosóficos y ecológicos están bien presentadas y se leen con mucho interés. La película ofrece visiones sugerentes y bien desarrolladas de la creación y la vida, como es la teoría de la panspermia, que tan buenos frutos ha dado en el ámbito de la ciencia ficción. Sin embargo, al acabar la obra, tenemos la sensación de que algo se ha quedado en el camino. De que 110 minutos no son suficientes para una historia que se queda grande y que no ha podido hilvanar o empastar bien a los personajes, sus conflictos y sus deseos. A pesar de ello, las virtudes de Los niños del mar son suficientemente numerosas como para recomendar su visionado.

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