En el mundo flotante no hay un tercer género: Ihara Saikaku frente al espejo

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Uno de los comportamientos que más me preocupan a día de hoy de cómo interpretamos Japón es la utilización de un “orientalismo positivo”. Una manera de observar al “otro” creyéndolo superior por razones naturalizadas. “Ellos son así”, “es impresionante” y “esto nunca podría pasar en un país como el nuestro” son frases que oímos semana a semana. Sin ir más lejos, no hace mucho surgía la polémica del karuna, la supuesta práctica de ceder el sitio en una fila yéndote al final. Esto unía todas mis cosas favoritas de este orientalismo, confundir a las diferentes nacionalidades de Asia Oriental y extrapolar el comportamiento de un individuo (en un vídeo construido) al conjunto de la población. Este telón de fondo es el que nos ocupa hoy, pero añadiendo otra preocupación, usar precedentes históricos a gusto del consumidor sin tener en cuenta el contexto y siquiera la realidad de las personas que vivían esas circunstancias, un puro uso instrumental para justificar una preocupación contemporánea.

Con esto no pretendo negar que las inquietudes actuales son las que nos mueven a estudiar el pasado desde un prisma concreto, pero hay maneras y maneras.

Entra en escena el artículo de Huffpost de abril de 2017 en el que se habla de un “Tercer género andrógino en el siglo XVII en Japón”. La primera comparación ya nos hace saber por dónde va a ir el artículo, la generación Z está caracterizada por la identificación con la neutralidad de género y esto es extrapolable a casos como el de los wakashū (o ‘bello joven’) del Japón de Edo. Podría entrar a decir que el artículo incluso se contradice, asumiendo que en Japón no existía una concepción biológica asociada al género en esta época mientras que dicen que las mujeres tenían prohibido (a partir de 1629) actuar en representaciones de kabuki por los incidentes que se producían. Pero hay algo más grave que la coherencia.

La calma con la que se trata la figura del wakashū y su utilización como ejemplo elimina la dificultad que subyace en la vida de estas personas. Se propone que su actividad, relacionada con los barrios de entretenimiento (el mundo flotante o ukiyo) y el teatro, así como sus relaciones sexuales, hacen gala de un “tercer género”. Sabiendo que la sociedad en este momento histórico aceptaba de buena gana la bisexualidad, el desarrollo de la cultura popular y las características andróginas de los adolescentes debido a su papel en ocasiones como onnagata (actor que realiza papeles femeninos) no elimina que la búsqueda se producía en términos biológicos y que el papel estaba asociado a un comportamiento de género masculino (aunque sea contraintuitivo en nuestro momento histórico). Más si, además, sabemos que esto se desarrolla en una etapa concreta de la vida del hombre. En este caso del niño al que su familia no podía mantener.

tercer género

Foto realizada por Marta Marne

Me preocupan los ojos que miran con admiración a un “tercer género” que consistía, en un primer lugar, en la eliminación de la mujer de la práctica teatral debido a los abusos, y en segundo, en la prostitución de jóvenes en situación de pobreza como consecuencia directa de esto. Han comprado el aire de romanticismo de la pintura y la literatura -como puede ser la obra de Ihara Saikaku a través de su «Gran Espejo de Amor Entre Hombres»– de la época, sin visión crítica, para unos fines contraproducentes como poco. No se puede negar que las características biológicas determinaban el acceso a diferentes prácticas, que estaban asociadas al género, que se manifiesta como binario (bajo premisas diferentes a nuestro momento).

No nos encontramos ante una rica “tradición de género”, ni “un tercer género”, ni una “libertad de expresión”, como nos quieren vender. Frente a la compraventa de niños en barrios pobres no podemos asumir libertad, igual que no podemos asumir que el género en otra época tiene que tener los mismos principios que actualmente (haciendo que rápidamente saltemos a conclusiones en cuanto se nos escapa un poco de lo canónico). Nos encontramos ante un sistema de género rígido y reglado, que no podemos usar como nos venga en gana, que no nos tiene que servir para luchas contemporáneas porque nos parece fascinante (que de fascinante poco). Al final, esto no es más que orientalismo y la incapacidad de entender el género como estructura de opresión política.

Esta reivindicación de un “tercer género”, además, pasando por alto lo que implica implícitamente, una profunda misoginia. Antes mencionaba la obra de Saikaku, que está publicada en español por Satori, y cuya parte sobre “Historias de actores” termina con un llamativo:

“Ojalá la gloriosa Vía del amor viril fuera la única forma de amarse que reinara en el mundo!, ¡ojalá que se extinguiera el género femenino!, ¡ojalá que Japón se convierta en la Isla de los Hombres!”

Si quieren reivindicar una lucha desde la prostitución de los jóvenes pobres y la misoginia, que no cuenten conmigo, que me van a encontrar enfrente.

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About Author

Graduado en Estudios de Asia Oriental (US). Programa Global Studies in Asia (UTokyo). Máster con especialización en Lengua, Literatura y Cultura Japonesas (UGR). Redactor en la web Peso del Aire en la que hablaremos sobre preocupaciones en torno a cómo entendemos Japón.

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